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Patria y bienestar

15.05.2014 16:57

Resulta una realidad incontestable que estoy condenado a oír hablar catalán todos los días del resto de mi vida. Eso o no ver la televisión. Es algo que se repite a diario: cuando no son manifestaciones que emanan del entorno del Fútbol Club Barcelona, llegan en forma de declaraciones de ínclitos políticos de cuyos nombres prefiero no acordarme. Y si sucede el poco probable caso de que no haya noticias de relevancia en dichos ámbitos, ya se encargan los presentadores de intercalar términos en catalán (Parlament, president, Lleida, Girona…), no vaya a ser que se complete una edición completa en castellano y salten voces indignadas por tamaño agravio.

Obvia aclarar que no tengo nada en contra del idioma catalán, podría decir lo mismo del gallego, el euskera, el bable o el chino. La razón que sustenta mi alegato, tan lógica como simple, es que no lo comprendo. No me entra en la cabeza, así me la trepanen, el motivo por el que en un espacio donde nos movemos un grupo que en su integridad domina un idioma, algunos se empeñen en comunicarse con otro. A cuento de esto, me viene a la memoria el Certamen Internacional del Absurdo que se celebró hace unos años y que ganó brillantemente España con la contratación de veinticinco intérpretes para que nuestros queridos e importantísimos senadores se entendiesen. Ver para creer.

Cuando decidí exponer este asunto me propuse desvincular la idea del contexto independentista, por su complejidad, y, por supuesto, del anticatalanista, por su mezquindad, pero ¿cómo hacerlo si los políticos nacionalistas no hacen más que utilizar el idioma como adalid en sus pretensiones independentistas?

No voy a cuestionar la legitimidad de estas reivindicaciones porque los acérrimos de ambas partes arrimarán de inmediato las ascuas de la Historia a sus propias sardinas y no contamos con un Salomón a mano que dirima. Tampoco quiero ni puedo valorar, mucho menos juzgar, los sentimientos de nadie, sean, connaturales, adquiridos o adoctrinados. Pero si me reafirmo en acentuar como inmoral promover campañas que persigan la desunión sin relacionar, con pelos y señales, las consecuencias. Las cartas sobre la mesa: antes que la patria está el bienestar. Y la separación, el independentismo, la desunión no va a mejorar la calidad de vida de nadie, salvo la de los aprovechados de siempre, que esos nunca dejan pasar la oportunidad de deslizar la mano bajo la falda de la coyuntura para enriquecerse.

Qué triste resulta oír proclamas que aluden al sometimiento, al yugo y la opresión. La historia de la humanidad se ha forjado a base de conquistas. Que en pleno siglo XXI se cuestionen uniones u ocupaciones de hace quinientos años no puede ser más ridículo. ¿Vale la pena buscar pedigrí a los pueblos si la finalidad última es aislar, preservar la pureza de la raza? ¿No hablamos de la misma semilla que germinó en nazismo? Así andamos, criando tirria, fomentando a un lado el antiespañolismo, malditos y prepotentes españoles conquistadores, y a otro el anticatalanismo, catalanes traidores que reniegan de sus hermanos.

¿Piensan catalanes y vascos que los andaluces no tenemos nuestra idiosincrasia, nuestra forma de ser y vivir única y distinta del resto de España? Se podría replicar que reclamemos también nuestra independencia. ¿Y quedaría la cosa ahí? Los separatismos son insaciables, se alimentan de su propia naturaleza y jamás se detienen. Porque si Andalucía es única, bien es cierto que existen notables diferencias entre sus provincias. Nada que ver entre un sevillano y un malagueño. O entre un gaditano y un granadino. Es más, si nos centramos en mi provincia, la zona de la bahía de Cádiz tiende al seseo en tanto que el Campo de Gibraltar cecea. Somos distintos. ¿Y qué hacemos: nos segregamos hasta el infinito? ¿Quién no garantiza que Barcelona dirá un día, dentro de diez, cincuenta o cien años, que quiere ser independiente? ¿Acabamos separando barrios en las ciudades, aislando guetos? ¿Tan difícil es entender que las separaciones son excluyentes, insolidarias, intolerantes y racistas?    

Atrás quedó el franquismo. Ahora todos en España gozamos de las mismas libertades, disfrutamos los mismos derechos y nos joden los mismos problemas. Claro que respeto la libertad de los pueblos de elegir su destino, pero creo en la unión como símbolo de prosperidad, desde el punto de vista económico y, sobre todo, humano.

Ojalá un día Portugal y España se unieran en un solo país, llámese Iberia o como se antoje. Ojalá la Unión Europea sea un día una unión de verdad. Ojalá el planeta sea un día uno solo. Utopías propias de sueños. Pero puestos a soñar, me conformaría con que se acabasen las discusiones y los enfrentamientos, que remitieran la antipatía y el rencor y, sobre todo, que se deje de matar, aquí, en Ucrania y en cualquier rincón, por un concepto tan abstracto como la patria.

Se ve a la legua la demagogia, cómo pretenden y logran que se priorice el asunto soberanista y que se aborde con conversaciones más propias de fanáticos hinchas, tan interesadas como incoherentes. Se ve a kilómetros que manipulan, que fomentan la confrontación e incitan al odio. Se ve a años luz que les importa un bledo la paz, la felicidad y el bienestar del que se gana la vida con el sudor de su frente. En nuestras manos está pensar en nosotros como personas, no como súbditos de países. En nuestras manos está centrarnos en lo importante, en vivir y prosperar, y dejar las chorradas futboleras para los ratos de ocio.

 

No sin las redes

09.04.2014 16:11

Nos estamos volviendo gilipollas. O tal vez lo fuéramos siempre y ahora me estoy dando cuenta. Tal descubrimiento debo agradecérselo −¿o debería decir imputárselo?− a las redes sociales. Había algo que no cuadraba: yo, que rehuía de los diarios deportivos, que prefería leer las noticias en el teletexto para esquivar las opiniones aviesas y partidistas, que me esmeraba por seleccionar la calidad, me veo ahora repasando a diario toneladas y toneladas de sandeces a través del portátil.

Entro en Facebook. Ahí me indican que a varias personas les gustó mi último mensaje, que uno ha colgado una foto del perro correteando y que hay una solicitud de amistad de alguien que no tengo ni pajolera idea de quién es. Lo normal. A continuación procedo con el típico vistazo. Primer mensaje: “Día lluvioso, voy a prepararme un café” Como no podía ser de otra forma, ya alguien ha respondido con un “Me gusta”. Segundo mensaje: la imagen del sol ocultándose con unas lindas palabras sobreimpresas: “El amor mueve montañas”. Me gusta. Me gusta. Siguiente mensaje: “La he fastidiado, me he roto un dedo del pie” Me gusta. Me gusta. Me gusta. ¿Es que estamos tontos? ¿Qué te gusta, que se haya roto el pie? Esto se ha convertido en un sinsentido, un batiburrillo sin pies ni cabeza.

¿Qué buscamos realmente en las redes sociales? Si la respuesta es ocio, no hay nada más que hablar. Pero yo no veo lógico admitir como amigos a quienes luego vuelves la cara en la calle para no saludar. O felicitar el cumpleaños de alguien porque te lo recuerda la aplicación y no ser capaz de llamar o quedar para tomar una copa. El uso de las redes sociales esconde otros intereses, que van desde el espejo de nuestro avergonzado narcisismo hasta el escaparate donde martillear nuestros anhelos promocionales y comerciales. Más seguidores se traducen en un mayor número de individuos susceptibles de ver lo que a cada cual interesa que vean.

No seré yo quien abandere una campaña contra el mal uso que el sapiens (permítanme la terminología, ha sido mucho tiempo de convivencia con trogloditas) hace de las innovaciones tecnológicas, porque para empezar debería predicar con el ejemplo, pero sí que me atrevería a solicitar un mínimo de mesura. El intento al menos, aplíqueme yo también el cuento.

No repetir hasta la saciedad, no entablar conversaciones privadas en Twitter, no inundar los grupos WhatsApp de chorradas, mucho menos a deshoras, no reenviar todas las tonterías que nos llegan, seleccionar lo verdaderamente interesante, ser un poquito más modestos con nuestros “logros”… Mil cosas más que todos sabemos.  

Será una utopía, pero igual un granito de arena de cada cual pudiera lograr convertir las redes sociales en un fabuloso punto de encuentro, no un vertedero donde necesitas escarbar una hora para localizar algo de valor.

Ya, ya, ya lo sé: silencia los grupos, selecciona los amigos en Facebook, si no te gusta no entres y deja de dar por culo a los demás. Ya. 

Igual lo hago un día de estos. Un día de estos, pero no ahora, que me acaban de colgar un comentario positivo del libro y quiero compartirlo, que tengo que hacer unos cuantos retuits para que no se olviden de que existo y pulsar algunos “Me gusta” de ciertos amigos, que los tengo un poco olvidados. ¡Ostras! Y comentar una foto muy mona que colgó ayer mi prima… ¿cómo se llama?, Mari…Ángeles, creo, y, sobre todo, que ya no puedo soportar oír los pitidos del WhatsApp y necesito saber qué estarán hablando los colegas.

Otro día me reconvierto.

 

Dedicatoria

10.03.2014 15:59

Mi segunda novela está dedicada a mucha gente. Puede que también a ti.

 

A ti si has pasado por duros momentos, si todo se te ha vuelto en contra y has sentido deseos de arrojar la toalla, de dejar de existir.

A ti si has sabido luchar hasta el final, si te has agarrado a la última esperanza.

A ti que nunca te rindes.

 

 

 

Cuenta atrás

09.03.2014 11:29

VIERNES 14 DE MARZO. Esa es la fecha de publicación de mi segunda novela. Estará disponible en formato digital, a través de Amazon, y en formato papel, a través de CreateSpace. Precio especial solo ese día. En breve desvelaré el título, la sinopsis y la portada.

Nacer sin suerte

26.02.2014 19:50

Nació timorata, sin llamar la atención, sin el beneplácito de su autor, que había proyectado para ella un destino más modesto. No hubo flechazo. No creció veloz, como su hermana, con la ilusión y el entusiasmo de la novedad. Se tuvo que ganar el calor y el cariño de su progenitor poco a poco, palabra a palabra, capítulo a capítulo, sobrellevando con paciencia largos intervalos de ausencia, de abandono.

Dos años y medio. Ese tiempo separa la primera palabra de la última. Ahora sí, la segunda novela. Acabada. Deseando afrontar su puesta en sociedad, se entrega temblorosa a los lectores de prueba. Pero la suerte no quiere acompañarla. Solo uno de los tres minuciosamente elegidos, el más cercano y, por ende y sin que lo pretenda, el menos objetivo, emite su informe. Los otros dos, bloguero y lector empedernidos, se excusan un mes después. Circunstancias inesperadas les impiden cumplir su compromiso.

Hay que sobreponerse y seguir adelante. La portada está en marcha, encargada a un diseñador de confianza. Pero las semanas pasan, tiene demasiado trabajo y un favor no puede convertirse en una obligación. Es mejor no continuar.

Han pasado seis meses desde el punto final. Hace mucho que acabó la revisión. En paralelo a los preparativos para la autoedición, la novela se presentó a un concurso. Otra vía. Supone un sacrificio porque hay que aguardar varios meses, se presentan cientos de títulos y las posibilidades son escasas. El fallo tendría que estar a punto de hacerse público, pero, de repente y sin más explicaciones, lo postergan siete meses. No se puede tolerar. Novela retirada.

Parece que todo le sale mal a la pequeña, que no podrá llegar a la altura de la primera. Pero ya está formada y merece ver la luz. Pese a los reveses, lo va a intentar. Otra historia. Otra época. Otros personajes. Otra trama. Todo tan distinto y a la vez tan semejante. Ya está en marcha la maquetación y la portada, últimos pasos.

No, mi segunda novela no arrancó con buen pie y no ha gozado de ningún privilegio, pero el lector será quien tenga la última palabra. Si no hay más contratiempos, disponible en este mes de marzo. 

Llegar a viejo

07.02.2014 23:01

Hermann Hesse

Sobre la ancianidad (1952)

 

La edad provecta es una etapa de nuestra vida y, al igual que todas las restantes, posee su rostro propio, una atmósfera y temperatura peculiares, alegrías y miserias propias también. Nosotros, los viejos de cabello blanco, tenemos también nuestra tarea, al igual que nuestros hermanos más jóvenes; una tarea que da sentido a nuestra existencia, y hasta un enfermo de muerte y moribundo, al que apenas puede alcanzar una invocación de este mundo de aquí, tiene su tarea propia y ha de cumplir muchas cosas importantes y necesarias. Ser anciano es una tarea tan hermosa y sagrada como ser joven; aprender a morir y morir realmente es una función tan llena de dignidad y valor como cualquier otra, supuesto que sea cumplida con reverencia ante el sentido y la santidad suprema de toda vida. Un anciano que tan solo aborrece y teme a la vejez, al cabello cano y a la proximidad de la muerte no es digno representante de su edad, como tampoco lo es el hombre joven y robusto que odia su profesión y su trabajo diario y procura zafarse de ellos.

Dicho en pocas palabras: para cumplir debidamente el sentido de la vejez y mostrarse a la altura de su tarea, hay que estar de acuerdo con esta misma vejez y con todo cuanto trae consigo, hay que decirle un sí sin restricciones. Sin este sí, sin la entrega total a lo que la Naturaleza exige de nosotros, perdemos el valor y el sentido de nuestros días - ya seamos viejos o jóvenes - y cometemos una estafa con la vida.

Todos sabemos que la edad anciana comporta múltiples achaques y que a su término se alza la muerte. Año tras año es preciso ofrecer sacrificios y llevar a cabo renuncias. Hay que aprender a desconfiar de los sentidos y las fuerzas propias. El camino que poco tiempo antes no era sino un pequeño y grato paseo, tórnase ahora largo y fatigoso, y llega un día en que ya no podemos recorrerlo más. Hemos de renunciar a los manjares que durante toda nuestra vida hemos comido con gusto y placer. Las alegrías y goces corporales se tornan cada vez más raros y han de ser pagados a precio creciente. Y además, todas las lacras y enfermedades, el debilitamiento de los sentidos, el entumecimiento de los órganos, los incontables dolores, sobre todo en las noche tan frecuentemente largas y asaltadas por el constante temor.... todo esto son cosas imposibles de negar, son la amarga realidad. Pero sería triste y mezquino abandonarse únicamente a este proceso de decadencia y obstinarse en no ver que también la ancianidad tiene sus cosas buenas, sus ventajas, sus fuentes de consuelo y sus alegrías. Cuando se encuentran mutuamente dos ancianos, jamás deberían limitar su diálogo al maldito artritismo, a los miembros entorpecidos y al ahogo producido por la subida de escaleras, no deberían intercambiar tan solo sus dolencias y sus enojos, sino también sus experiencias y recuerdos alegres y consoladores. Que son también muy numerosos.

Cuando traigo a colación de recuerdos estas hermosas y positivas páginas en la vida de los viejos y digo que nosotros, los que tenemos blanco el cabello, conocemos fuentes de vigor, de paciencia y de gozo que en la vida de los jóvenes no juegan papel alguno, no me corresponde hablar de los consuelos de la religión y de la Iglesia. Eso es asunto de los sacerdotes. Pero sí puedo llamar con nombre propio a algunos de los dones con que nos obsequia la vejez. El más preciado para mí de todos estos dones es el tesoro de imágenes que se acumulan en la memoria después de una larga vida y a las cuales se vuelve con interés más vivo y vario que nunca se hizo con anterioridad, según va apagándose en nosotros la actividad juvenil. Figuras y rostros humanos que no pisan ya la tierra desde sesenta o setenta años ha, prosiguen viviendo dentro de nosotros, nos pertenecen como cosa propia, nos prestan compañía, nos miran con ojos que viven todavía. Casas, jardines, ciudades, que en el correr de los años transcurridos han desaparecido o han cambiado por completo, nos contemplan incólumes como antaño, y en nuestros libros de estampas hallamos de nuevo, frescas y llenas de colorido, las lejanas montañas y las largas costas marinas que contemplamos en nuestros viajes decenas de años atrás. La mirada, la observación, la contemplación, tórnase más y más en costumbre y ejercicio adiestrado y el temple de ánimo y el ademán del contemplador penetran imperceptiblemente toda nuestra conducta. Nos sentimos acosados por deseos, ensueños, apetitos y pasiones, como la inmensa mayoría de los hombres, precipitados aquí y allá durante los años y décadas de nuestra existencia, impacientes, expectantes, llenos de tensión, sacudidos vivamente por sensaciones de plenitud o de desencanto..., y hoy, cuando hojeamos cuidadosamente el gran libro ilustrado de nuestra propia vida, nos maravillamos de cuan hermoso y bueno puede ser verse libre de aquel acoso y aquella persecución y haber llegado a la vita contemplativa. Aquí, en este jardín de los ancianos, florecen ciertas flores en cuyo cuidado apenas hemos pensado en años anteriores. En él florece la flor de la paciencia, nobilísima especie que nos hace más resignados y tolerantes, y cuanto menor se torna nuestra apetencia de usurpación y de acción, tanto mayor se vuelve nuestra capacidad para escuchar y contemplar la vida de la Naturaleza y la vida de tos demás hombres, para dejar que pase ante nosotros sin crítica y con creciente asombro ante su infinita variedad, a veces con interés y recóndita compasión, a veces con risa, con viva alegría o con humor. Hace pocos días me hallaba yo en mi jardín ante una fogata que acababa de encender y que alimentaba con ramaje y follaje seco. Y he aquí que llegó .una anciana, cruzando a lo largo del seto de espino; contaría cerca de los ochenta años y al pasar se detuvo y me miró. Yo saludé y entonces ella se echó a reír y dijo "Hace usted muy bien en encender ese fuego. A nuestros años hay que irse acostumbrando poco a poco al infierno." Con estas palabras se inició un diálogo en el cual ambos nos lamentamos mutuamente de todas nuestras dolencias y flaquezas, pero siempre dentro de un tono de broma. Y al final de nuestra conversación ambos hubimos de confesarnos que pese a todo no éramos todavía tan terriblemente viejos, y que ni siquiera podíamos considerarnos como auténticos ancianos mientras viviese en nuestro pueblo la más vieja de todas: la centenaria.

Cuando la gente joven, con la suficiencia de sus fuerzas y su despreocupación, ríe tras de nosotros y encuentra cómicos nuestros escasos cabellos blancos, nuestro andar fatigoso y nuestro escuálido pescuezo, nosotros recordamos que antaño, cuando nos hallábamos en posesión de idéntica fuerza y despreocupación, también sonreímos en casos semejantes y no solo no nos sentimos humillados y vencidos, sino llenos de íntimo gozo por haber podido superar esta etapa de la vida y habernos tornado un tantico más sensatos y más pacientes

 

Educación por la entrepierna

13.01.2014 16:47

Hace unos meses redacté un artículo que titulaba “Para entender la crisis”.enriqueosuna.webnode.com/news/para-entender-la-crisis/

Incluía un pequeño test para que, en un ejercicio de sinceridad y como autocrítica, valorásemos la nobleza de las acciones que conforman nuestro proceder rutinario. Pretendía hacer reflexionar hasta qué punto es práctica habitual en nuestro país defraudar a Hacienda, a las compañías de seguro o a la Seguridad Social. Quedarnos con lo ajeno, aprovecharnos de lo que no es nuestro. Contribuir, con nuestra mansa colaboración, al sostenimiento de la delincuencia comprando productos robados o falsificados, descargando material con derechos de autor o aceptando trabajos sin IVA. 

En definitiva, planteaba tomar en consideración la tétrica sospecha que planea sobre nuestras cabezas, la idea de que quizá tengamos lo que nos merecemos: ladrones a gran escala con grandes recursos que emergen de una sociedad de ladronzuelos con pequeños recursos.

   

¿Somos tan ruines los españoles? Por cuatro chorraditas de nada… ¿Qué malo tiene detener un momento el coche y tomar unas naranjas de la finca de un rudo agricultor que no aporta más que callos a la sociedad? ¿Quién se va a enterar si pedimos a nuestro tío, que es médico, que nos agilice la visita al especialista? No creo que nadie se moleste por colarnos ¿O pedir a nuestra prima, que es la directora de ese colegio tan bonito libre de golfos, que reserve una plaza para nuestro sobrinito? A fin de cuentas, quien más quien menos maquina empadronamientos para lograr el colegio que le conviene. Hay que buscarse la vida, que el que no tiene padrinos…

 

Los españoles, lo queramos o no y por triste que suene, aprendemos –o nos encauzamos- a base de palos. ¿Recuerdan cuánto costó acostumbrarnos a usar el cinturón de seguridad en cualquier trayecto? Solo cuando se procedió a sancionar con contundencia aceptamos la conveniencia de su utilización. Aún así, sigue habiendo incautos que arriesgan su vida por no seguir esta sencilla medida. Está claro que los palos no son tan duros. Total, si no van a pagar la multa y van a seguir conduciendo sin puntos… En materia de seguridad vial no hay que remontarse tan atrás. ¿Quién no conoce un amigo que se toma dos copas, o tres cervezas, viendo un partido de fútbol y luego se sienta al volante con absoluta tranquilidad? Esto no se acabará con sanciones económicas. Cuando exista una ley que mande directamente al trullo, sin atenuantes ni contemplaciones, a quien dé positivo en un control de alcoholemia, se erradicará esta temeridad. 

 

He tenido la fortuna de viajar lo suficiente para distinguir ciudadanos que actúan bajo el mismo patrón que los españoles, de los que dan constantes ejemplos de civismo. Y entre estos últimos, los que lo hacen porque reciben cada día su dosis de jarabe de palo dentro de un régimen dictatorial y los que están educados en un entorno de sensibilidad y cordura.

 

La educación. Ahí está la madre del cordero. Aunque deberían, no podemos esperar ejemplo de las grandes instituciones: monarquía, parlamentarios, políticos, sindicatos, clero… ya han demostrado estar infectados de corrupción. Es necesario que nuevas hornadas de políticos y dirigentes crezcan en un ambiente sano, que hayan visto la honestidad en sus padres, que se les haya inculcado convenientemente en las escuelas. Y esto no se consigue de un día para otro

 

Es obvio que algún día habrá que empezar a mimar la educación, a construir un modelo con cimientos sólidos, después de que destrozáramos un sistema −por el absurdo motivo de que se utilizaba en la época franquista− que, al menos en lo relativo al conocimiento, funcionaba bien. El problema es que los que tienen que liderar el cambio no van a ponerse nunca de acuerdo. Unos que si la inclusión obligatoria de la religión (tócate los huevos), otros que si la lengua regional debe ser la principal (tócate el resto) y nadie preocupado por educar en los valores que nos hagan más cultos y mejores personas. Y en medio de este sinsentido, recortes y más recortes a uno de los pilares básicos de la sociedad. Y así nos va: un país donde crece desbocada la ignorancia, donde impera el desánimo entre los estudiantes que ven que su carrera no encuentra más salida que la emigración, donde el maestro ha perdido la autoridad y el respeto. Un país donde, entérese de una puñetera vez Sr. Wert (peor ministro de Educación en la historia de España y mira que hubo ineptos): NO TODOS PUEDEN ESTUDIAR. Porque las becas son escasas y llegan a destiempo, que hace cuatro meses que comenzó al año académico y no ha llegado un mísero euro a ningún estudiante.

 

Un páramo por panorama, porque los políticos se pasan, y lamentablemente se seguirán pasando, la educación por la mismísima entrepierna. 

La ineludible cita con el engaño

21.12.2013 11:19

Ya está aquí de nuevo, como cada año. Invade todos los hogares. Se cuela por cada rendija. Te busca. Su obsesión persecutoria no conoce límites. Y es imposible escapar. Este año, peor que nunca, anunciado por horripilantes monstruos. Estremecedores. El sorteo de Navidad.

No puedo con esta farsa. Me supera. Un timo en toda regla, montado con refinada parafernalia, cuidado con el mayor de los esmeros para que se perpetúe en los tiempos y garantice una recaudación descomunal a costa de la ilusión de las personas.

Eso que llaman “el Gordo” no es más que un premio flacucho. Al menos normal y corriente. Cuatro millones de euros. ¡Cuatro millones de embustes! Los muy pérfidos hablan siempre de premios en cuantía para el billete, pero no dicen −o procuran no difundir− que el billete cuesta 200 eurazos. Para adquirir un décimo hay que desembolsar 20 euros, casi nada, lo que nos gastamos en un café, vamos, y el premio máximo a que se aspira es de 400.000 euros. Sin contar la retención del 20 % que practica Hacienda, claro. Me he pasado con lo de flacucho, lo reconozco, la realidad es que el premio es suculento, un buen pellizco, pero no te va a quitar de trabajar. Y en ningún caso se trata de algo excepcional. Si jugásemos esos 20 euros en un cupón de la ONCE (disponible a diario) el premio ascendería a 466.667 euros. Y la probabilidad de acierto es la misma: una entre cien mil. Entonces, ¿para qué tanto bombo y platillo? ¿Sirve el argumento de que está muy repartido? No. En cualquier lugar se compran cupones mancomunados o se juegan primitivas en grupo. ¿Reparte muchos premios menores? Nada especial, también el resto de sorteos lo hace. Además, los premios menores bajan muchísimo en cuantía. Y de las pedreas mejor ni hablar.

Entiendo que a los padres les hará ilusión ver a sus hijos por la tele, yo preferiría que trajeran buenas notas o destacaran en cualquier rama artística, cultural o deportiva, pero cada quien es cada quien. Nada que objetar. Lo que no cabe en cabeza es que todos los medios de comunicación destinen una mañana completa a oír niños cantar, es un decir, numeritos con esa entonación tan latosa, anunciando una y otra vez premios míseros. Sí, la pedrea es una miseria. Multiplicas por cinco el importe que juegas. Ni más ni menos.

Por último, el telediario. Conectamos con la localidad de Triquitrau donde ha caído el tercer premio. Y ahí nos vemos gente pegando botes. ¿Cuánto le ha tocado a usted? No sé. ¿Qué piensa hacer con tanto dinero? Tapar agujeros. El infeliz no sabe que ha jugado una participación de dos euros, de los que cuarenta céntimos corresponden a donación y que el premio final que le corresponde, libre de impuestos, por esa participación del tercer premio es de 3.200 euros. Rico que se ha hecho. Que sí, que son tres mil eurazos, pero premios como este se dan en la primitiva varios cientos cada semana y nadie sale en la tele.

Todo dinero es bienvenido, y más en estos tiempos, y es motivo de alegría. Pero lo que jode es el enmascaramiento, el engaño. Por eso odio el sorteo de Navidad y odio a los politicuchos que manipulan y orquestan, con exclusivo afán recaudatorio, vendiendo ilusiones, jugando con las necesidades. Más valdría que anunciaran que el importe de las ganancias se destinaría íntegramente a la apertura de comedores sociales. ¡Malditos sean!

Se acabó el berrinche. Me quedé tranquilo. Les aseguro que no conozco al Grinch y espero que nadie me haya confundido con el señor Scrooge, no me agradaría recibir la visita del Espíritu de las Navidades pasadas y futuras. Todo lo contrario: me encanta la Navidad.

Sean felices, disfruten con los amigos, abracen a sus seres queridos como si fuera el último día y que 2014 os colme de felicidad. De todo corazón.

Ley y orden

22.11.2013 20:19

En estos días se habla mucho de la nueva Ley de Seguridad Ciudadana. Hay opiniones para todos los gustos, o para cada partido, ya se sabe cómo se funciona aquí, que no hay manera de que un bando proponga algo que no sea censurado por el otro. Quizás en lugar de bando debí decir banda, parece un término más apropiado. Los que dicen mirar para la izquierda aunque en realidad miran su bolsillo critican que la nueva ley traerá consigo más control sobre el ciudadano. Los que dicen mirar para la derecha aunque en realidad miran la caja de caudales estiman todo lo contrario, que lo que se pretende es garantizar la seguridad. Los no alineados sabemos que, en el fondo, ambos están de acuerdo y que lo que persiguen es el blindaje, la estabilidad política, espantar las moscas cojoneras promoviendo una ley que limite las concentraciones y manifestaciones y evite los escraches.

Insultar o amenazar a un policía podrá ser castigado con multa de hasta 30.000 euros. Pues qué quieren que les diga, siempre he sido un defensor de los cuerpos de seguridad del Estado. Creo que en España contamos con grandes profesionales, bien valorados, que lidian día a día con un modelo judicial blandengue con los malhechores, que no recompensa su sacrificio ni la continua exposición al riesgo. Los considero valedores de la libertad, piezas fundamentales de la sociedad. Imprescindibles. Lo queramos o no y por triste que suene, el jarabe de palo sigue siendo la medicina más eficaz. Igual dentro de cien años, quinientos o veinte mil, los humanos aprendamos a regirnos por principios morales y solidarios y nadie quiera hacer daño al prójimo. Entonces no hará falta la policía, no será necesario multar o arrestar para que nos respetemos, pero a día de hoy eso es una utopía. Por tanto, aplaudo que se arbitren medidas que contribuyan al respeto a la autoridad. Pero que no se engañe nadie: los políticos, sagaces y pérfidos como ellos solos, proponen estos cambios en beneficio propio; los sinsabores y las dificultades del trabajo de los cuerpos de seguridad les importa un comino.

Aún así, y pese a la insidiosa cortina de humo que se vende, insisto en que estoy de acuerdo con cualquier medida que haga más sencillo y reconfortante el trabajo policial. Ahora bien, esta aquiescencia se tambalea herida de gravedad cuando me hago la siguiente pregunta: ¿qué ocurre si es el policía quien insulta, amenaza o agrede a un ciudadano? Amigo, de eso ni se habla.

Le ley sería más justa si, en este caso, se sancionara al agente con el doble de la pena, 60.000 euros. Porque un delito es más ruin y despreciable si lo perpetra el que debe cuidar para que no ocurra. Castigo doble también si el pirómano es un bombero, si el pedófilo es un maestro de escuela, si el corrupto es un político.

La ley sería también más justa si quien hace estallar una bomba y mata a cinco niños y le caen 1.300 años, se pudriera en la cárcel. Si el que asesina a sangre fría, el que viola a mujeres, el que se excita contemplando fotografías de críos desnudos, no volviera a transitar jamás por las calles.   

La ley sería mucho más justa si protegiera a las víctimas, si nos librara por siempre de tanto hijo de puta que disfruta haciendo daño. Pero eso no va a suceder. De momento, a respetar a los policías para que los demonios enchaquetados sigan jodiendo y permitiendo joder a las personas de buen corazón. 

¿Qué pasa con Gibraltar?

28.10.2013 16:44

En los últimos meses no hemos parado de salir en todos los canales. Como no podía ser de otra forma, se ha aprovechado para airear los trapos sucios, los usos y abusos que cada lado de la frontera emplea en su denodado intento por joder al otro. Esto es lo que parece, lo que se pone en venta y, naturalmente, lo que se exporta. Lo triste es que esta disparatada porfía por descubrir la primigenia, si fue antes el huevo o la gallina (hablando de modo que todos nos entendamos, si el primer hijo de puta que prendió fuego fue gibraltareño o español), se expande por doquier y acaba incrustándose tanto en las mentes que se autoproclaman ilustradas como en las más rudas y obtusas. Y, lo que es peor, en nuestra propia población, los que aquí vivimos, que nos hemos respetado y querido siempre. Y ahí siguen los medios de comunicación, erre que erre, un día tras otro a vueltas con lo mismo. Pero, lo que son las cosas, todavía no he visto noticia o reportaje que señale a los verdaderos responsables de este desaguisado, los instigadores y potenciadores de una situación tan anacrónica como absurda.

 

No voy a esconder mi fascinación por Gibraltar. Un capricho de la naturaleza en forma de inmensa piedra, que se alza con orgullo en el extremo de una lengua arenosa rodeada de agua. Un paraje único, unas vistas fabulosas, lo mismo desde dentro que por fuera. Pero Gibraltar no es solo un paisaje. Hay que recorrer sus calles, tomar una buena pinta de cerveza y departir con su gente, su estupenda gente. Es como sentirse en otro país y a la vez en el propio. Porque Gibraltar huele a Gran Bretaña y sabe a Andalucía, es oír hablar español e inglés, es comer fish & chips y cazón en adobo, es bailar al son del mejor pop inglés y de la rumba. ¡Cómo no vamos a parecernos si somos hermanos! Comemos juntos, salimos juntos y, cuando llega la desgracia, lloramos juntos. ¿Por qué demonios entonces, a ojos de los demás, parece que nos odiemos? ¿Por qué se pretende emponzoñar a la población en lugar de buscar el fraternal entendimiento?

 

Estoy más que harto, no voy a decir hasta dónde, del «Gibraltar español». Es tan cansino que parece como que estemos a diario pregonándolo en la frontera. Una demanda que se enarbola como ejemplo de patriotismo, símbolo de un ideal y objetivo prioritario. Y yo, la verdad, no ceso de preguntarme que si tenemos más de medio millón de kilómetros cuadrados de superficie, ¿para qué coño queremos un pedacito más? Es que se encuentra en suelo español. Ah, sí, así sí. ¡Valiente sandez! A ver si nos enteramos de que la tierra no es de nadie sino de quien la ama. ¿En virtud de qué, sino de la violencia, tiene dueño la tierra? ¿O es que alguna vez un ser divino, justo y bondadoso repartió territorios a los pueblos por sus propios méritos? Hace más de trescientos años que Gibraltar no pertenece a España. Se han cimentado unos sentimientos y una forma de vida propios, un amor a la tierra que los vio nacer que no difiere del que pueda tener yo por la mía. A la fuerza solo se genera odio. Lo que tendría que hacer de una puñetera vez el gobierno español es dejar de demandar la soberanía. Dejar de dar por culo con la jodida soberanía. Aquí lo que interesa es la convivencia pacífica, la cooperación, el trabajo, la prosperidad. Llevarnos bien como pueblos amigos y hermanos. Pero el gobierno español, los políticos españoles, no ven más allá de sus orejeras.

 

Ahora bien, si torpe, incompetente y recalcitrante es uno, arrogante, arbitrario y sinvergüenza es el otro. Porque el gobierno de Gibraltar, con su primer ministro a la cabeza, no le va a la zaga al de España. Políticos de uno y otro bando parecen rivalizar a ver quién consigue el premio al más inútil de entre todos los inútiles. Si las colas son desproporcionadas, injustas e inhumanas, el proceder habitual al otro lado de la verja es caprichoso, egoísta y desconsiderado. Sin entrar a valorar el conflicto de las aguas, porque me parece absurdo pretender que un pueblo costero no disponga de agua donde al menos poder refrescar los cataplines, resulta injustificable lanzar bloques de hormigón al mar arguyendo razones tan peregrinas. No existen razones convincentes, y aunque las hubiera, no son formas de hacer las cosas. ¡Qué narices le importarán al gobierno gibraltareño los caladeros si no tiene flota pesquera! Pues nada, bloques al mar y que se alejen y fastidien los pesqueros españoles. Como yo pienso que esto es mío, y tengo una potencia mundial que me ampara y defiende, hago aquí lo que me salga de los mismísimos. Y le como terreno al mar aunque mis vecinos se queden sin playa. Y desarrollo mi actividad comercial en mi propio provecho, se joda quien se joda.

 

No es cuestión de cargar gratuitamente sobre esta actitud desdeñosa, aquí no somos un ejemplo precisamente. No es justo decir que practican el bunkering y no mencionar que a este lado se montó una inmensa refinería que se ha cargado la bahía más bonita de España, esparciendo mierda por tierra, mar y aire. Mierda que tragamos todos, españoles y gibraltareños. Seamos objetivos, al menos los que conocemos de primera mano el problema: ninguna parte es más culpable que otra, nadie es mejor que otro ni actúa con mejor fe que el vecino.

 

Alguna vez habrá que dejar de mirar atrás y empezar de cero, sin restregar las acciones ruines que se han sucedido sistemáticamente a ambos lados de la frontera. Aún estamos a tiempo, aún los políticos no han calentado lo suficiente a algún perturbado para que cause daños irreparables. Que ningún gibraltareño eche más en cara ni se pongan como rehenes a los trabajadores españoles que cruzan la verja porque cuando una persona presta su trabajo no existe favor. Nunca. El beneficio es mutuo. Que ningún español desprecie el uso que los gibraltareños hacen de nuestros servicios e instalaciones porque todos buscamos calidad de vida y porque el beneficio también es mutuo. Que dejemos de ver solo la paja en el ojo ajeno.

 

No se precisa más que voluntad. Si esto lo tuviéramos que arreglar entre un buen amigo de Gibraltar y yo, seguro que lo solucionábamos de inmediato. Porque yo comprendería sus sentimientos y dejaría de reclamar gilipolleces soberanistas y él reconocería la especialidad geográfica de esta ciudad y la riqueza que dimana de su singularidad fiscal. Entenderíamos que son dos espacios distintos y que los objetivos deberían ser comunes. Ninguno de los dos emprenderíamos proyectos, medidas o acciones que pudieran causar inconvenientes al vecino. Llegaríamos a acuerdos en materia fiscal y aduanera, respetaríamos las leyes de ambos lados, las haríamos comunes o las aproximaríamos lo máximo posible. Para crecer en común. Para vivir felices, en prosperidad, en paz.

 

Pero los que tienen que solucionar el problema, los políticos de aquí y de allá, son unos mamarrachos, mezquinos y facinerosos, que no piensan más que en sus propios intereses. Conmigo no van a poder, desde luego. Por más estupideces que suelten por los hocicos Rajoy, Picardo y sus secuaces, no van a lograr que deje de querer al pueblo de Gibraltar, de sentirlo hermano y amigo.

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