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Cuando mueren los ídolos

26.04.2016 16:55

La muerte no existe. Es lo que sostiene el científico norteamericano Robert Lanza. Según Lanza, creemos en la muerte porque nos asociamos con nuestro cuerpo y sabemos que los cuerpos físicos mueren. Basándose en la teoría del biocentrismo, desecha toda posibilidad de que exista la muerte en un mundo sin espacio ni tiempo. Ciencia y religión parecen acercar de nuevo posturas. En cualquier caso, una cosa es cierta: la gente de este mundo (y no conocemos otro) se muere y ya no la volvemos a ver. La inmensa mayoría estiraremos la pata en la modestia, con la compañía y aflicción de familiares y amigos. Otros, sin embargo, verán homenajeada su despedida con la veneración de todo un planeta. Como verdaderos ídolos.

 

No me opongo a ello: los ídolos son merecedores de amor y admiración, a mansalva, llevados a la exaltación, al infinito y más allá. ¿O no merece todo eso y más quien no concibe la felicidad si no es ayudando al prójimo? ¿Quien cambia unas vacaciones en un crucero de lujo por un mes en un país perdido en los mapas, asolado por conflictos, hambre y enfermedades? ¿Quien dedica la vida a salvar vidas? ¿Quien se juega la vida por salvar vidas? ¿Quien reparte? ¿Quien abraza? ¿Quien se conmueve con el sufrimiento? ¿Quien se levanta cada día con la obsesión de gestionar, fabricar, inventar cualquier cosa que redunde en mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos? ¡Ah, que estos no son ídolos! Que ídolos son quienes cantan dos o tres canciones de esas que te emocionan y te hacen pegar saltos.

 

Dudo que entre tantos miles de millones de galaxias con sus miles de millones de estrellas cada una, pueda existir civilización más absurda que la nuestra. Hace poco falleció Prince. Un cantante que gustó a mucha gente, nadie le quita el mérito. Pues se da la noticia por la tele, se recuerda un par de canciones y descanse en paz. Eso sería lo razonable. Pero no, volvemos a lo mismo: "las extrañas circunstancias que rodean su muerte engrandecen la leyenda". Ya. Como Elvis, Marilyn o Michael Jackson. Y el mundo a lamentar la irreparable pérdida de los genios. A llorar a sus ídolos.

 

Quizá forme parte de la idiosincrasia occidental, de nuestra forma de entender la vida, No tenemos ni idea de quién inventó la vacuna contra la viruela, pero nos sabemos de memoria y en inglés las canciones de los intérpretes más populares. Suplantamos ídolos.

 

¡Qué se le va a hacer! Somos así. Mitificamos a personajes que jamás dieron un palo al agua, que han nadado en los excesos, que se han puesto hasta el culo de droga y alcohol, que han priorizado la codicia y la fama a la solidaridad y que no han sido ejemplo positivo de nada en su vida. Insignificancias, al fin y al cabo; lo importante son las canciones. Por eso a recordarlas año tras año en los telediarios, a rendir homenaje en la conmemoración de su muerte. A los que deberían ser los auténticos ídolos que los recuerden su abuela. Si sigue viva. Si no, al "eterno olvido".

 

Por cierto, el inventor de la vacuna contra la viruela, una enfermedad que llegó a tener una tasa de mortalidad del 30 %, que está considerada como la mayor pandemia de la humanidad y que se estima acabó con la vida de 300 millones de personas, fue Edward Jenner. Espero que no se me olvide nunca.

Una de disparates

02.04.2016 18:55

Que el mundo está loco es algo que llevamos escuchando desde que tenemos uso de razón. Quizás haya estado siempre loco. Lo preocupante es que el mundo, al fin y al cabo, somos nosotros. Como considero que la palabra locura, por su acepción clínica, debería de ser empleada con prudencia, para el caso que nos ocupa prefiero utilizar el término disparate, o incluso mejor: sinsentido. Y de eso trata, precisamente, este artículo.

Si un ser extraterrestre racional se infiltrara entre la población para conocer nuestro modo de vida y costumbres, le costaría creer que nos hacemos llamar inteligentes. Ya he tratado en otras ocasiones este asunto, y hay que reconocer que, en la mayoría de los casos, los comportamientos ilógicos están condicionados por la moda, los patrones de belleza o la manipuladora intervención de los devoradores de dólares. Quizás al extraterrestre le sorprenda que nos cortemos los pelillos de la nariz o las orejas cuando están ahí para cumplir una función protectora, pero los humanos lo aceptamos como algo natural. Salvo extravagancias, todo nos parece normal, hasta beber productos nocivos, que engordan, indisponen o toxican, en lugar de agua. De acuerdo, somos humanos, acepto al pulpo como animal de compañía. Entiendo la estética, el progreso, la evolución y los modelos de conducta aplicados a ellos. Pero cuando el sinsentido más absurdo se relaciona con la seguridad, ni humanos como yo ni una legión de extraterrestres seleccionados de cada galaxia conocida, comprenderían, ni alcanzarían a comprenderlo nunca, cómo podemos ser tan estúpidos.

Díganme si no es de tontos que no puedas beberte una cervecita viendo un partido y sí soplarte una botella de whisky en pleno vuelo. O que te cargues un bicho declarado especie en extinción y que te caiga mayor condena que si te cargas a una persona conduciendo borracho. O que un sujeto ingrese en prisión por robar unas pizzas mientras alguno se embolsa cientos de millones y no le ocurre absolutamente nada. ¿Cómo se explican estos disparates? A mucha gente no le importa que coloquen una cámara de seguridad en un supermercado para que no roben una camiseta, pero protesta si la ponen en la calle para evitar un atraco a mano armada. ¿No deberíamos actuar de la manera más lógica y firme frente a la violencia? Pues no, aquí en nuestra España querida puedes cagarte en los muertos de un árbitro en un partido de fútbol con total tranquilidad, pero ni se te ocurra meterte con la Monarquía, la Constitución o la Justicia. En este mismo paraíso del mundo cometer un delito estando borracho o drogado atenúa la pena en lugar de agravarla. ¿Y qué me dicen del elevado número de delincuentes que vuelve a cometer el mismo delito una y otra vez tal y como salen de la comisaría? Las personas honestas detestamos la violencia, la rechazamos. Ahí están los medios de comunicación: fallecen doce personas en un atentado en París y están dos semanas dando la noticia. Como debe ser. Ahora, amigo, mueren 72 personas en Pakistán, la mayoría mujeres y niños, y aparece la noticia en un telediario y medio. Será que estas personas no sufren ni lloran la pérdida de sus hijos. Hablando de hijos, manda narices que la mayoría de pedófilos detenidos por posesión de pornografía infantil no vaya a la cárcel y que tampoco esté especialmente penada la distribución de material.

No sé qué demonio de leyes tenemos. Hace poco oí la propuesta de una señora alcaldesa de una importante ciudad que pretende que la policía dialogue más con los delincuentes para convencerlos y que se porten bien. Y ahora mismo he leído que quiere crear unas cuotas por raza y religión en la plantilla de la policía municipal. Ver para creer. Desde luego que con este panorama, no sé cómo pueden acudir al trabajo sin perder la moral las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. No, no somos tontos, somos gilipollas a rabiar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Adivinando el futuro

10.02.2016 16:49

Un día me pregunté cómo sería la vida de una persona del presente que viajara al pasado prehistórico llevando como único equipaje sus conocimientos. Nació un personaje, retrocedió medio millón de años y del fruto de sus andanzas logré publicar El amo del fuego. Como la imaginación no descansa, hoy me he preguntado qué ocurriría con alguien que en la misma tesitura viajara al futuro. No está en mis planes escribir otro libro sobre los viajes en el tiempo, pero esta idea me ha hecho reflexionar sobre lo complicado que sería hacerlo. ¿Cómo imaginar las relaciones humanas dentro de 500.000 años? ¿Qué sistema de organización imperará? ¿Qué hábitos? ¿Cómo se habrá solucionado el problema de la superpoblación? ¿Cómo de longeva será la especie? Podríamos plantearnos cientos de preguntas sin respuestas.

Medio millón de años son muchos, desde luego, nuestra imaginación no llega a tanto. La mayoría de libros futuristas parten de un holocausto atómico y de la ulterior decadencia de la especie, en un espacio de cien o doscientos años a lo sumo. Apostaría a que no acertarán, de igual manera que no acertaron quienes hace cuarenta años barruntaron viajes interestelares y ciudades colapsadas por infinidad de naves espaciales. Y es que imaginar resulta sencillo, acertar es otra cosa; eso queda reservado solo a las grandes mentes visionarias, como las de Leonardo Da Vinci o Julio Verne.

Quizá los humanos seamos menos perspicaces e inteligentes y más fantasmones y ególatras de lo que creemos. Pretendemos vislumbrar patrones de vida futura y somos incapaces de sospechar los cambios más insignificantes. Díganme si no, quién pudo imaginar hace unos años que cuando dispondríamos de llamadas gratuitas nos pasaríamos el puñetero día escribiendo mensajes, que felicitaríamos los cumpleaños de aquellos con los que nunca nos paramos a hablar, que pagaríamos una pasta por vestir pantalones rotos, que solo veríamos las fotos cuando las hiciéramos, que para estudiar una carrera en España tendrías que saber inglés o que para muchos estudiantes la alternativa más rentable tras acabar la carrera sería marchar a Noruega para vender salmón en las calles.

Creo dejar más que demostrado la extraordinaria dificultad que entraña atinar con el futuro. Aun así, como tampoco pierdo nada en el intento, voy a arriesgar aventurándome con el futuro más inmediato: vaticino nuevas elecciones, con flamantes candidatas en el PP y en el PSOE, con un Pablo Iglesias triunfador pero al que le faltará un escaño para gobernar aun contando con los independentistas y con un Albert Rivera presidente, que repartirá una vicepresidencia a cada una de las que serán las nuevas chicas de moda: Susana Díaz y Soraya Sáenz de Santamaría.

Ahí queda eso. Y no te digo que me lo mejores. Iguálamelo.

Maldita estadística

13.11.2015 20:29

A veces parece como si el mundo se moviera en torno a la estadística. Asuntos tan importantes como el índice de productividad, la natalidad, la debilidad del euro, el salario medio o el número de polvos que el españolito de a pie echa a la semana, asoman a nuestra ventana a diario. Asoman y se van, dejándonos la sensación de que no hay quien meta cabeza en las medias, sobre todo en lo que a salario se refiere, que no hay dios que se lo crea. De intimidades mejor no hablamos, que ahí de sobra es sabido que todo el mundo cumple con la media, incluso la supera, faltaría más. Y es que la estadística tiene muy mala uva, conocido es este ejemplo: yo me como dos pollos y usted no se come ninguno y, a efectos, cuenta que nos hemos comido un pollo cada uno.

La estadística estudia sucesos, cuenta la frecuencia y determina la probabilidad de que acontezcan. Luego ya se sabe: el tipo que más se cuida, deportista, con hábitos de lo más saludable, la palma de un infarto, y ese otro que se fuma a diario dos paquetes de tabaco, con más colesterol que la barriga de un cochino y que se bebe medio Amazonas cada día, se encaja en 90 años sin haber pasado por la consulta del médico.

Claro que se supone que hablamos de excepciones. Se supone. Suspicacias aparte, no me negarán que el asunto jode bastante.  

Nunca tuve nada en contra de la estadística, pero reconozco que cada día le tengo más tirria, pues si me fastidian las dichosas excepciones, peor llevo la frialdad y fortaleza de sus irrefutables conclusiones. El ejemplo más ilustrativo de esto último lo encontramos en el campo de los juegos de azar.   

Aunque asumimos que las loterías funcionan como elementos de recaudación voluntaria de impuestos, quien más quien menos apuesta a algún juego con la esperanza de obtener un premio importante, un pelotazo de esos que te retiran de por vida. La ilusión, ese elemento misterioso que nos aporta vigor en los períodos de apatía.  Pero la realidad es que las posibilidades de ganar un gran premio son desalentadoras. Vean si no:

La probabilidad de que te toque el Gordo de Navidad −que no es ni mucho menos un premio millonario− es de 1 entre 100.000. Para acertar 6 en la Primitiva gozaremos de una posibilidad entre 13.983.816. Hablamos del premio clásico, ahora existe una categoría especial que es aún más complicada. La probabilidad teórica de acertar el pleno al 15 en la Quiniela es de 1 entre 14.348.907, aunque aquí sabemos que influyen otros factores. Para el famoso Cuponazo de la ONCE, azar puro y duro, la probabilidad es de 1 entre 15.000.000, mientras que la Euromillones, que fue retocada para hacerla aún más inalcanzable, reparte su máximo premio a 1 de cada 116.531.800 apuestas.

Visto así, uno puede esgrimir que cada semana hay un montón de agraciados y que si no se juega, entonces la probabilidad es cero. Cierto, hay que alimentar la ilusión, pobrecita, que tanto bien nos hace. Pero resulta que me ha dado por comparar la probabilidad de acierto de la máxima categoría en algunos juegos de azar con la probabilidad de que acontezcan otros sucesos, y ahí ya me he hundido.

De acuerdo con los cálculos que ofrece la NASA, sería 400 veces más probable que el asteroide Apófisis impacte y devaste la Tierra en 2036 a que me tocase el premio mayor de la Euromillones.

Cruzando datos del Instituto Nacional de Estadística y de la Agencia Española de Meteorología resulta que es 350 veces más probable que me parta un rayo a que acierte seis en la Primitiva. Y mira que hay que tener mala suerte para morir fulminado por un rayo.

Otra cosa sería morir ahogado. ¿Qué probabilidad existe de que esa sea la forma en que nos despediremos de este mundo? Analizando datos de la Organización Mundial de la Salud y tras revisar las tasas de mortalidad puedo aventurar que es 100.000 veces más probable morir ahogado que comprar la papeleta que resulte agraciada con el Cuponazo de la ONCE.

Ya puestos y para fastidiar a más gente, les diré a aquellas parejitas enamoradas y llenas de energía que si utilizan el preservativo, método anticonceptivo con una fiabilidad contrastada de entre un 98 % según las casas comerciales y un 80 % según los datos reales más pesimistas, que será 10.000 veces más probable que sobrevenga un embarazo no deseado a que le toque el Gordo de Navidad.  

Total, que tendrá que seguir trabajando hasta que se jubile, y al ritmo que vamos será a los ochenta años y en lugar de una placa de recuerdo recibirá de sus compañeros una botella de oxígeno.

Maldita estadística. ¿No le habrá quitado a usted la ilusión este fastidioso artículo? Si es así, le voy a dar un remedio infalible para vencer a la impertinente estadística. El próximo fin de semana que amanezca lluvioso salga a la calle y eche una primitiva. Luego váyase a la playa con su amorcito y hagan el amor mientras se bañan. Le aseguro que será mucho más probable que le haga millonario su boleto a que les caiga encima un rayo justo después de haber engendrado un niño, que queden aturdidos y mientras se recuperan e intentan salir del agua aparezca en el cielo un meteorito gigantesco, caiga mar adentro en algún lugar cercano y mueran ahogados por el oleaje que cause el impacto.  

Bendita rutina

14.08.2015 14:26

Si imagináramos un mundo donde las palabras actuasen como entes autónomos y se organizaran conforme a patrones humanos, podríamos concluir que incluso para ser palabra hay que tener suerte. Paisaje, emoción, sorpresa... son términos que inspiran pensamientos positivos sin que su significado específicamente los denote. En cambio, existen palabras realmente desdichadas, degradadas sin motivo, cual individuo que desagrada por su aspecto y al que se desea exiliar al suburbio más apartado, sin entrar en consideración sobre su calidad humana. Tal es el caso de la palabra rutina.

Cierto día conversaba precisamente sobre aquello que con descaro se instala en nuestra vida y gobierna con ritmo invariable nuestro día a día. Una chica afirmaba que para ella rutina y monotonía eran la misma cosa. “¿Y qué es para ti la monotonía?”, pregunté. Su respuesta resultó de lo más inesperada: “Monotonía es aquello que me visita tres veces cada mes”. La tristeza que envolvía su mirada me llevó a suponer que no debía interpretar segundas intenciones en aquel comentario, aunque pensé que si su marido le hubiese planteado la pregunta posiblemente habría pasado por su cabeza la idea de responderle evocando a Bécquer: “¿Y tú me lo preguntas? Monotonía eres tú”. Esta historia verídica me induce a reflexionar que en este mundo imaginario de las palabras, al igual que en el nuestro, siempre encuentras a alguien más desgraciado que tú, y que la palabra monotonía es más digna de compasión que rutina, por sinónimas que sean.

¿Y cuáles son las virtudes de la rutina? No seré yo quien sostenga que es saludable encasillarse en unos hábitos, recorrer una y otra vez el mismo circuito y no arriesgar en el cambio, en la aventura. No, no aconsejaré jamás despreciar ese enigmático bocado que la vida ofrece probar. Darte una oportunidad en ese proyecto, preparar un viaje, atreverte con eso que nunca antes te planteaste. Cambiar. Conocer nuevas variantes de la felicidad. Romper con la rutina. Un momento, ¿romper con la rutina? ¿En qué quedamos entonces? Romper, sí, pero no definitivamente. La naturaleza nos regaló un universo de colores y nos empeñamos en verlo todo blanco o negro, claro u oscuro, pálido o radiante.

La rutina no es solo levantarse a diario para acudir al mismo trabajo, ver el mismo programa, hablar de lo mismo con el mismo amigo. Ese “mismo” superfluo, monótono y rutinario donde agrupamos todo significa bastante más de lo que creemos. La misma disputa con los niños a la hora de la comida, la misma controversia absurda con el amigo, la misma cena de Navidad o el mismo momento de intimidad un día dejarán de existir. Y como somos así de estúpidos, entonces lo recordaremos con lágrimas cargadas de melancolía y vergüenza.

El invencible poder del tiempo aplastará mi rutina, pero eso no impedirá que yo la ame, que rompa no una sino mil lanzas a su favor y que desee, sé que en vano pero con todas mis fuerzas, seguir viendo el fútbol con mi padre, reunirme en Navidad con toda la familia, mantener muy cerca a mis hijos y tener siempre en casa alguien que me espera y a quien poder esperar. ¡Bendita rutina la mía, que me hace el ser más feliz del mundo y maldito el inevitable día en que me la arrebatarán!

Oriente Medio, 27 de julio de 2015, a 11.000 metros de altura.

Cacocracia

04.06.2015 18:25

Un poco cansado ando ya de oír decir que la democracia es el sistema menos malo. La sentencia no suele llegar a pelo, lo normal es que aparezca revestida de cierto tufillo de resignación, razón de más para que uno se ponga a pensar si este es realmente el culmen de nuestra civilización, la mejor forma de organización a que aspiramos los humanos. Triste sería admitirlo, desde luego.

Y mira que la palabra democracia es bonita. Hasta su significado: el gobierno del pueblo, de la mayoría. Pero esto es solo teoría. La mayoría lo que hacemos es poder optar por grupos que dicen representarnos y luego se representan a ellos mismos. Porque que yo sepa, nadie pide que lo represente un corrupto, un ladrón, un interesado, un oportunista, un chaquetero, un mamarracho o un imbécil. Es lo que tiene el sistema, que cualquiera puede ser elegible. Los partidos no seleccionan con criterios estrictamente científicos, no utilizan más filtro que el de la fidelidad borreguil, y así nos encontramos con que cualquier tonto puede llegar a ser concejal, hasta alcalde si tiene la habilidad de camuflar su torpeza e ignorancia.

Qué quieren que les diga, a mí no me convence esta democracia con tintes de cacocracia. Estoy convencido de que se podría dar un paso más, perfeccionar el sistema, tender a una aristocracia en su estricta interpretación etimológica, esto es, el gobierno de los mejores. A una meritocracia. En mi opinión, cualquiera no debería poder ser político. ¿No se le exige una dedicación, unos conocimientos, un enorme esfuerzo al médico, al juez, al policía? ¿Cualquiera puede operar a corazón abierto? ¿Cualquiera puede juzgar intrincados asuntos legales? ¿Cualquiera puede empuñar un arma y velar por la seguridad? Entonces ¿por qué cualquiera puede ser político? ¿Por qué se permite que ineptos y mediocres puedan llevar las riendas del interés colectivo? ¿Es de sentido común que para algo tan importante no exista más requisito que afiliarse a un partido?

Algún día esto tendrá que cambiar. Mientras tanto, ahí andan los electos: intercambiando municipios y autonomías como si fueran cromos: te doy la Comunidad Valenciana a cambio de la Andaluza, ¿qué pides por entregarme Cádiz?, ¿cómo nos repartimos Madrid? A ver si se mentalizan de una vez por todas, señores políticos, que los ciudadanos no han depositado en ustedes la confianza  para que utilicen el voto en su propio beneficio, mucho menos se les ha concedido la libertad de vender, alquilar o prostituir ese apoyo. Los ciudadanos les han votado para que propongan proyectos, para que valoren con objetividad lo que propongan otros y para que actúen pensando en el beneficio del pueblo, no el de su partido. Para que trabajen con buena fe, dedicación y sapiencia. Pero para ello las listas de candidatos, hasta en los municipios más pequeños,  las deberían confeccionar gente seria y responsable, no Mortadelo, Sacarino y compañía.  

No tan diferentes

12.02.2015 18:15

Habrán notado que de un tiempo a esta parte apenas me dejo ver por las redes sociales. Salvando alguna que otra entrada ocasional, mis visitas diarias se justifican más en la rutina que en otra cosa. Un pasatiempo, como cuando ojeas una revista en una consulta. Con la diferencia de que las banalidades provienen de gente conocida.

No resulta sencillo descubrir algo someramente interesante, novedoso o poco repetitivo. Lo normal es que encuentres casi lo mismo de casi los mismos. Una y mil veces. El ego. Yo hice esto o lo otro, modesto pero genial, qué bueno estoy qué tipito tengo.

Es curioso que algo tan sencillo como visitar Facebook te muestre desnuda la personalidad de los demás, sus resabios, la pelusilla, los ataques de enojo, el pie por donde cojean. Baste si no, con entrar en el muro de sus amigos. Ahí lo tienen: el que solo ataca al PP, el que a diario le da por Podemos, el que te recuerda constantemente las cositas que sabe hacer, el que lo inunda todo de memes, el que te informa al momento de cada pedito que se tira… La intimidad mancillada por voluntad propia. 

Es lo que hay, ahí andamos todos, quien más quien menos. Pero lo que más me sorprende −y no debería hacerlo a estas alturas−, es la rotundidad en los comentarios. Afirmaciones categóricas que sellan todo resquicio de duda en las convicciones del sujeto. Sobre política, religión, sexualidad… Temas tan controvertidos se saldan en pocas palabras porque lo digo yo. ¿Hay algo más convincente? Como si no fuera obvio que millones de creyentes siguen planteamientos erróneos, pues no es posible que todas las religiones, siendo tan dispares, estén en lo cierto. O como si no fuera evidente, aunque solo sea por la amplitud, que no existe partido político que pueda presumir de una hoja de servicios intachable.

La ventaja de verter opiniones con la ayuda del teclado es que se dispone de tiempo sobrado para reflexionar y seleccionar las palabras. Una ventaja que se desperdicia ¿Tanto cuesta emplear términos como: “es posible que” o “parece que”?

Que se dogmaticen temas profundos se me figura como una ligereza inaceptable, pero donde ya se borda el ridículo es cuando se opina, desde el sillón del saber y la justicia, sobre conductas ajenas. Conste que nadie, mucho menos quien suscribe, se libra de tal pecado y que el asunto, por supuesto, rebasa los límites de las redes sociales. Alojado en nuestro día a día, se me antoja considerarlo un rasgo sui generis del ser humano.

¡Hay que ver lo que ha dicho o hecho fulanito! Lo criticamos con autosuficiencia, hasta con arrogancia, presumiendo y luciendo la inmaculada túnica de la pureza. Creemos ser más sensatos, honestos y trabajadores que los demás. Creemos ser mejores. Nunca nos equivocamos, jamás haríamos lo que hizo el otro. ¿Y de verdad somos tan diferentes? Apostaría a que cualquiera de los que leen este artículo haría suya estas frases cuando se juzga el comportamiento de otros:

A mí me gusta ir de frente.

Yo no soy de los que tiran la piedra y esconden la mano.

A mí la vida de los demás no me interesa.

Yo solo tengo una palabra.

A mí no me gusta andarme con rodeos.

Si te tengo que decir algo, te lo digo a la cara.

A mí no me gustan los cotilleos.

Yo no le sigo el juego a nadie.

A mí me gustan las cosas bien hechas.

¡Ay, cuánto nos parecemos! Izquierdas y derechas, judíos y cristianos, homos y heteros. Las circunstancias, los avatares de la vida, marcan la diferencia, aunque los halos de superioridad, la prepotencia o el narcisismo pretendan mostrar diferencias innatas, una peculiar distinción clasista entre el otro vulgar y deficiente y el yo prototipo de perfección.

Qué bien nos vendría una buena dosis de discreción y prudencia, y no olvidar que la sangre que circula por nuestras venas es del mismo color y, más importante aún, que cagamos la misma mierda, por más que alguno jamás se la huela. 

Azul

03.12.2014 22:50

Es extraordinario cómo a veces funcionan los presentimientos. Fue como una descarga eléctrica: intensa, vertiginosa, inesperada. Una premonición con visos de certeza, que se manifestó con tal claridad que logró quebrar el imperturbable aplomo con que de ordinario afronto los reveses. Justo cuando atravesaba la puerta que negaba el paso al aire puro supe que jamás volvería a recobrar la libertad.

La confirmación a tal conjetura llegó varias semanas después. Mi hermano, infalible gestor y maestro en solucionar todo tipo de situaciones, me respondió con vaguedades cuando le exigí información sobre la situación real en que me hallaba. «Ya se sabe que estas cosas no obedecen a una ciencia exacta, que ni tres semanas son tres semanas, ni un año es un año», me dijo. «¿Cuánto tiempo voy a permanecer entre estas cuatro malditas paredes?», le repliqué en un tono que no dejaba lugar a dudas de mi enfado. Por primera vez en su vida no supo darme una respuesta precisa a una pregunta concreta. Bajó los ojos y guardó silencio. Di por terminada la conversación y le pedí que se fuera.

Seguramente tenía lo que merecía. Solo me había preocupado de mi propia felicidad y del bienestar de mi familia, sin importarme el daño que pudiese causar a los demás en el logro de mis objetivos. La ambición dejó poco espacio a la sensibilidad. Ahora mi dicha tocaba a su fin, tendría que rendir cuentas. No volvería a salir de allí como en otras ocasiones. Estaba bien jodido: me iba a pudrir en un habitáculo de ocho metros cuadrados, con un baño que daba asco y como único paisaje el ladrillo y el cemento.

No tardé en perder la noción del tiempo. Igual pintaban martes que domingos. La misma bazofia se comía un día que otro y la misma rutina me acompañaba desde la salida del sol a su puesta. Un sol esquivo, invisible, inexistente. Más de una vez hice balance de mis actos. ¿Me merecía realmente aquel insufrible castigo? ¿Tan mala persona había sido? Nunca antes lo dije, pero hoy quiero sincerarme. Soy creyente. A mi manera pero lo soy. Por eso he llegado a la conclusión de que estoy pagando mis pecados. Sin embargo, que lo acepte no implica que me resigne. Me niego a acabar mis días sin más vistas que un triste techo cada vez que alzo los ojos. Le conté a mi hermano la determinación que había tomado, pero él se negó a ayudarme. Era algo que esperaba. Le dije que no se molestara en explicarme las razones porque las conocía. Cuando le aseguré que lo haría yo solo, palideció. Sabe de sobra que cuando digo algo lo cumplo.

Y por fin llegó el momento. Será esta noche. Mi plan no puede fallar, conozco al dedillo el lugar y los turnos. Fingiré dormir hasta las tres y media. A esa hora comenzaré los preparativos, con paciencia, para que nadie se percate de mis intenciones. Será un proceso laborioso, pero antes de las cuatro, con la ayuda de Dios, espero encontrarme a las puertas del gran corredor. A esa hora nadie vigila. Están confiados y si no cabecean, charlan de sus cosas. Atravesaré el pasillo con el máximo sigilo, a rastras, no es posible otra forma. Luego me ocultaré en el cuartillo de los enseres, al que nadie accede hasta las siete de la mañana. Si todo va bien, saldré de allí quince minutos antes y me dirigiré a la ventana localizada a solo unos metros. Necesitaré suerte porque a esa hora es más que probable que me vean y me detengan. Espero ser lo suficientemente rápido porque no dispondré de una nueva oportunidad. Le pido a Dios que me dé fuerzas y que no permita que me descubran. Confío en que así sea, que se cumpla mi deseo y pueda contemplar por última vez el maravilloso azul del cielo antes de que la muerte venga a buscarme a este hospital.            

Septiembre tras septiembre

13.09.2014 23:13

Se acaba el verano, vuelta a las aulas. Primer curso para la nueva LOMCE, obra cumbre del insigne ministro Wert. Los primeros en comenzar fueron los pequeñines de la Comunidad Valenciana, que han tenido el honor de conocer de primera mano lo fresquito que se está en una clase a la una de la tarde, sin apenas ventilación ni aire acondicionado y con el sol apretando a 35 grados en la calle. La Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa pifia de inicio con su propia denominación, confundiendo calidad con cantidad.

Estos que están y aquellos que estuvieron han logrado cargarse el sistema educativo. Pero como dije en cierta ocasión, estos que están y aquellos que estuvieron no son extraterrestres. Surgieron del pueblo. Y nuestro pueblo es como es. Cargar toda la responsabilidad a los políticos no me parece justo. Sirva como ejemplo mi ciudad, donde las calles no pueden estar más sucias. ¿Son responsables los gobernantes locales? Por supuesto, pero la mierda no llueve del cielo. No existen excusas válidas para los guarros. Ni siquiera la ausencia de papeleras. En Japón te puedes pegar una hora con un papel en la mano y no encuentras una papelera donde depositarlo. Y las calles no pueden lucir más limpias. La diferencia de mentalidad es evidente. El otro día, en el estadio, tuve la sensación de ser el único tonto que no arrojaba las cáscaras de las pipas al suelo. Y hablando de fútbol: ¿son los políticos responsables de que desde que empieza un partido hasta que acaba no se pare de escuchar insultos a técnicos, jugadores y árbitros? Da vergüenza y asco esa continua violencia verbal. Ese tipo de educación no se aprende en las aulas. A lo sumo se muestra, pero donde se mama es en la sociedad, en el seno de las familias. En el ejemplo. Y me temo que a día de hoy actitudes ejemplares solo se pueden lograr y transmitir a base de sanciones, porque parece que no somos capaces de comportarnos como personas civilizadas. Eso lo primero y luego construir un modelo eficaz de base, donde se potencien los valores, no materias teóricas teledirigidas según determinados intereses religiosos, nacionalistas o políticos.

Pero ahí estamos, septiembre tras septiembre, con la misma imagen en pantalla. Comenzamos las clases, entrevistas a los más pequeños, a padres, a maestros, la reina que acerca al cole a sus hijos, bla, bla, ba. Sandeces. A ver cuándo, de una puñetera vez, algún informativo comienza así:

Se inicia el curso escolar y seguimos con los mismos problemas: los maestros han perdido su autoridad, los padres se les enfrentan, cuestionan sus métodos, los demandan por chorradas, no se cubren las bajas, el personal docente ve disminuir día a día sus emolumentos, los ratios de alumnos por clase aumentan, las obras en los colegios se retrasan, los alumnos pasan de curso sin alcanzar los niveles mínimos exigibles, no se frena el absentismo escolar, el nivel cultural medio es bajísimo, el contenido curricular absurdo, las becas son una miseria, se manipulan las pruebas de diagnóstico, se falsean datos para la adjudicación de plazas, se obvian ingresos para obtener ayudas sociales de comedor o aulas matinales, se pierde la vocación, acaban estudiando magisterio muchos estudiantes que por nota no pueden acceder a otras carreras, los inspectores adoptan resoluciones salomónicas para contentar y no para optimizar, asignaturas que no sirven para nada siguen pegadas al sistema educativo, si un niño se cae y se hiere la culpa es del colegio por no ser redondo, si un niño suspende la culpa es del profesor que no sabe enseñar, el número de interinos que cambia de plaza sigue siendo muy alto, no se mantienen las instalaciones, no existen planes actualizados de evacuación, no se toman las medidas adecuadas de protección de riesgos, no se siguen programas adecuados de desinsectación y desratización, no se pintan las dependencias con regularidad, no se les exige a los niños o a sus padres que cuiden las instalaciones y un larguísimo etcétera que ocuparía varias páginas.

Comienza el curso y la educación, un año más, cae en picado. PERDEMOS EDUCACIÓN A TODOS LOS NIVELES. Ese debería ser el titular, no los niños con sus mochilitas, como todos los años, y todos tan contentos.

No es lo que parece

16.07.2014 23:24

Si hay un deporte, juego o actividad que goce del respeto y la admiración de todos, ese es el ajedrez.

Aceptada por todos la idea del ajedrez como algo noble y vinculado a la inteligencia, quien más quien menos gustaría ver a sus hijos practicándolo. Hablando de inteligencia se me viene a la cabeza un chiste. Un erudito personaje se jactaba de su inteligencia, alardeando de continuas conferencias, de los campos que dominaba, del reconocimiento, de los galardones... Quienes lo escuchaban propusieron hacerles preguntas de temática variada y el sabiondo respondía a todas con gestos de superioridad. En eso, un humilde obrero le preguntó si podía decirle quién era el Follullo. Tras un rato de reflexión, nuestro personaje tuvo que admitir que no había oído hablar de él. El Follullo era quien se tiraba a su mujer mientras él andaba de viajes y conferencias. Habría que preguntarse si el Follullo no era más inteligente.

Desde mi punto de vista, inteligencia y felicidad están estrechamente unidas. Pero eso sería tema a debatir con psicólogos. El objeto de este artículo, banal como todo lo que suelo redactar en verano, es mostrar que ni el ajedrez, tan cargado de virtudes, escapa a los comportamientos necios, absurdos, provocadores o inmorales propios de los humanos.

Probablemente conozcan las excentricidades de los grandes genios del tablero y hayan oído hablar de episodios siniestros acontecidos en torneos de relevancia. Por ello, para esta ocasión he descendido al escalafón de los aficionados y he seleccionado anécdotas propias o muy cercanas. Seguro que se sorprenden.

Comienzo esta exposición con una competición de equipos. Nos desplazábamos 120 kilómetros para disputar un encuentro en Ubrique. Un camino complicado, sinuoso, a través de la sierra. A mitad del camino de ida, el conductor detiene el vehículo junto a una piara de lindos cerdos. ¡Estaba dispuesto a llevarse uno! Su intención era meterlo en el maletero, continuar el viaje, jugar las partidas, comer y regresar a casa. Total: diez o doce horas con el cochino gruñendo en el maletero. Solo los que íbamos en aquel coche sabemos cuánto nos costó convencer a nuestro tozudo acompañante. Lo que todos hubiésemos querido era haber consumado un trueque: dejar al más salvaje en el campo y llevarnos a jugar al verraco. ¡Hay que ser bruto!

En más de una ocasión he jugado partidas con rivales que dedicaron más tiempo a mirarme a mí que al tablero. Recuerdo especialmente uno de mirada loca, asesina. Guerra psicológica. Hay quienes usan gorras para protegerse y no perder concentración. A veces, en lugar de ojos de perturbados te encuentras con señoritas de voluptuosos y aireados encantos. Ahí son pocos los que se ponen gorra… Un buen amigo cuenta que un día, durante una partida, su rival se acercó a él antes de ejecutar su movimiento y le susurró: «Me cago en tu puta madre». Mi amigo quedó sorprendido: «¿He escuchado lo que me ha parecido escuchar? ¿No me habrá propuesto tablas y yo entendí lo otro?  No, no, ha dicho lo que ha dicho. ¿Qué hago: reclamo al árbitro? Lo va a negar…». Después de reflexionar un rato tomó la siguiente decisión: antes de realizar su jugada se acercó al rival y le susurró: «Yo también me cago en tu puta madre».

¿Dónde creen que es el lugar más extraño donde he jugado al ajedrez? Pues fue en un quirófano, con patucos verdes y todo. Éramos cuatro y ninguno se encontraba enfermo ni pendiente de intervención quirúrgica. Fue algo totalmente surrealista. Uno de nosotros era médico. Tenía guardia y debía estar localizable. Desde luego no podía hallar un sitio más cercano, por si tenía que intervenir de urgencias. Los demás consentimos alucinados. En un momento dado, el que nos llevó allí abandonó la sala. Pocos después entró otro facultativo. La cara de sorpresa del hombre cuando vio allí a tres desconocidos jugando al ajedrez… Una y no más, santo Tomás.

La buena reputación del ajedrez no se va a empañar un ápice por lo que voy a exponer a continuación. Es un deporte noble, de caballeros, pero la realidad es que se ve cada personaje en los torneos… ¿Quién no se ha encontrado con jugadores que olían a perros muertos? ¿Y borrachuzos? Yo he visto rondas matinales con tipos en pijama, bebiendo cerveza a las diez de la mañana o comiéndose un plato combinado de tres mil calorías en plena partida. Extravagantes, maleducados, petulantes… Lo mismo que nos podemos encontrar en cualquier sitio.

En cierta ocasión jugábamos unas partidas rápidas en una cafetería. Resulta que ese día organizaban una fiesta. La cosa se fue caldeando y el jaleo incrementándose. Así que nos recolocamos en la terraza, en el rincón más alejado. Pero la fiesta iba a más. En esas, una chica con alguna copa de más se quedó mirando el tablero. Comenzó a decir chorradas pero nadie le prestaba atención. Indignada, no se le ocurrió otra cosa que levantarse la falda y colocarse a modo de amazona a cinco centímetros del tablero, dejando entrever sus encantos a través de la fina tela blanca de su ropa interior. Lo curioso es que los dos jugadores continuaron moviendo sus piezas entre las piernas de la chica. ¡Por nada del mundo querían perder la partida, ni ante tan seductor panorama!

Después de esto, ¿alguien puede sostener que el ajedrez es aburrido?

Anécdotas hay mil, pero es necesario concluir el artículo. El ajedrez desarrolla la responsabilidad y el espíritu crítico, potencia las facultades intelectuales, fomenta valores relacionados con la deportividad, etc, pero hay excepciones y, como todo en la vida, no es oro todo lo que reluce. La estupidez no escapa a nada ni a nadie.

¿Y tú, amigo ajedrecista: qué anécdota puedes contarnos? Anímate y nos reímos un rato. 

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