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Cuidar los recuerdos

24.09.2013 17:10

Es curioso cómo ciertos individuos, de común ecuánimes y ponderados, se tornan cargantes cuando sale a colación cualquier asunto relacionado con los avances tecnológicos. Lejos de reconocer su ineptitud, derivada del bochorno a exponer públicamente la torpeza para entender y adaptarse a los cambios, reniegan del progreso y aprovechan la oportunidad para invocar tiempos pretéritos donde todo era mucho mejor.

Yo no soy de esos, desde luego. Usted tampoco, no me cabe duda. Y seguramente nadie, son imaginaciones mías. Nadie habla mal de los demás, ni bebe más de la cuenta, ni se equivoca ni, mucho menos, ve los programas de Telecinco.

Soy de los que consideran que el buen aprovechamiento de las innovaciones tecnológicas es positivo y no me parece justo demonizar un aparato por usos desmedidos o abusivos, despreciando las bondades que reporta. Pero eso no quita que el pasado llame de vez en cuando a mi puerta y clave sus ojos en los míos para llenarlos de nostalgia.

Hace unos días, mientras volvía a ver con emoción un extraordinario montaje que mi sobrino David realizó con motivo de las bodas de oro de mis padres, me preguntaba en qué medida habíamos sabido sacar provecho de tanto avance en el terreno audiovisual, si habíamos incrementado el valor patrimonial de nuestros recuerdos. La respuesta mecánica tiende a ser afirmativa, pero si profundizamos un poco comprobaremos que la realidad es mucho más sombría.

Retrocedamos quince o veinte años en el tiempo. Celebramos el cumpleaños de nuestro niño. Hacemos el último disparo y el carrete comienza a rebobinar. Estamos ansiosos por revelarlo, contiene instantáneas del viaje, días en la playa, la fiesta de disfraces… ¿Y si el carrete estuviese deteriorado? La incertidumbre nos infunde un terrible desasosiego, que se transforma en alegría si comprobamos que las fotos salieron bien o en irritación si se perdieron para siempre. ¡Cuántas vueltas daban luego las fotos! ¡Con qué entusiasmo seleccionábamos las copias para regalar! ¿Y la ilusión por montar y enseñar el álbum?

Entonces tratábamos los recuerdos con esmero. No nos importaba gastar una pasta para tener siempre a mano las remembranzas de nuestra vida. Ahora, con absoluta frivolidad, accionamos mil veces el disparador y, cuando nos acordamos, traspasamos un cargamento de archivos a algún misterioso lugar de nuestro ordenador y ahí queda confinado a perpetuidad. O hasta que se joda el disco duro. Los más prevenidos realizamos copias de seguridad para que no se pierdan, pero lo que en realidad hacemos es verterlos en un descomunal revoltijo de chatarra digital. Sin referencias, entre una miríada de imágenes defectuosas, repetidas, absurdas, que crecen a ritmo exponencial, abandonamos a su suerte nuestros recuerdos.

Hace poco decidí rescatarlos. No podía imaginar en lo que me metía. Doce años, no sé cuántas cámaras, móviles, fotografías tomadas por cada miembro de la familia, por los amigos... ¡Me he encontrado con más de tres mil fotos de un solo viaje! Visualizar, seleccionar y clasificar todo el material digital podría costar más tiempo que escribir una novela. Así que haré un apaño, un poquito de orden y que siga descansando.

Ahora valoro aún más el trabajo recopilatorio que hizo mi sobrino, o los álbumes digitales de las vacaciones que mi mujer compone cada año.

¿Y tú, qué haces por los recuerdos, nuestro mayor tesoro?  

La última palabra

27.07.2013 11:04

Llegó el momento. Entre la primera palabra y la última transcurrieron dos años y medio. ¿Por qué tanto tiempo para la segunda novela, siendo más corta, si escribí El eterno olvido en poco más de un año? La primera vez es especial en todo. Recuerdo que me atrapó una fascinación extraordinaria a medida que se desarrollaba la trama. Ese querer demostrarme que podía focalizaba mi atención con tal fuerza que no quería hacer otra cosa que escribir. Un reto. Cuando lo logré se cumplió el objetivo. Seguir escribiendo solo tendría sentido con otros propósitos. Para la primera novela me movía la ilusión de regalarla a familiares y amigos. Dejar un legado en forma de palabras que nunca se perdieran. ¿Qué atractivo más bello que ese podría captar de nuevo mi interés? Si el amor a la escritura hubiese corrido siempre por mis venas todo habría sido más sencillo. Pero este no era el caso. ¿O tal vez sí y parece que me niego a aceptarlo? Sea como fuere, lo cierto es que El eterno olvido cosechó un éxito inesperado. Trascendió el ámbito cercano y llegó a varios miles de lectores. Recibí correos, mensajes, llamadas de gente desconocida que había disfrutado con la novela. Se publicaron numerosas reseñas y opiniones y la inmensa mayoría fueron altamente positivas. Esa fue la inyección continua de ánimo: saber que mi trabajo era valorado. Con todo, me resultó muy difícil escribir esta segunda novela. Descubrí un factor que, sorprendentemente, pasó casi desapercibido la primera vez. El sacrificio. Ahora costaba mucho más empeñar las horas, dedicar el siempre escaso tiempo libre a trabajar, a perderme en documentaciones, a navegar entre un maremágnum de palabras hasta encontrar la adecuada. Sí, ya sé que escribir es una afición, que se disfruta con ella como con cualquier otra. Pero no deja de ser dura. Permítanme una vez más el símil con el ajedrez: es maravilloso jugar, pero supone un colosal esfuerzo prepararse para jugar bien.

Ahora me invade una sensación extraña. Una culminación que me hace muy feliz, pero que también deja un vacío. Una despedida de unos personajes y una historia que han convivido conmigo durante muchos meses. Esta segunda novela es muy especial. Nació sin querer, como un hijo no deseado, fruto de un sueño, de una sensación de impotencia, con el propósito de quedarse en un relato corto de no más de veinte páginas. Y resulta que se ha convertido en mi segunda novela.

Aún queda mucho trabajo. No quiero precipitarme. Prefiero revisar, corregir, pulir hasta la extenuación. Después de al menos siete revisiones de El eterno olvido la edición actual cuenta con unas 250 correcciones o modificaciones con respecto a la primera. Cierto es que yo escribo con lentitud y que releo los párrafos varias veces antes de darlos por bueno, pero aun así, se escapan muchos detalles. No hay prisa. Lo principal ya está hecho. Dentro de unos meses la novela estará a disposición de los lectores. Esa inevitable y deseada circunstancia me genera una inquietud. ¿Gustará? Es tan distinta a la anterior... Sé que técnicamente la supera, por todo lo aprendido en estos años, pero ¿logrará mantener la tensión y el interés del lector como la primera? No es un thriller, la ambientación es complicada, otra época, unos personajes muy peculiares, una situación insólita. ¿Serán atractivos suficientes? Quién sabe. El tiempo dirá, pero si consigo que el lector se emocione, se inmiscuya en la trama y se divierta y sufra con los personajes, entonces el objetivo estará más que cumplido. De momento, no me queda otra que esperar.

Muchísimas gracias a cuantos me siguen y confían en mi trabajo. Sin vosotros, jamás habría llegado la última palabra de esta obra.  

Tregua en verano

17.07.2013 23:54

Me he dado cuenta de que en mis últimas intervenciones en este blog no hago otra cosa que despotricar. Puede que sea lo más adecuado, viendo cómo está el panorama, pero en esta ocasión me apetece aportar algo que contribuya al esparcimiento veraniego de los seguidores de esta modesta página. Un poco de entretenimiento para cuantos quieren disfrutar sus vacaciones olvidando por unos días la piara de ineptos, mequetrefes, mangantes, oportunistas y golfos que pululan por las instituciones públicas (Algo tenía que largar, no podía resistirme).

 

Sirvan, pues, para ello una selección de historias que conozco de hace tiempo y que se cuentan como modelos de cómo debe gestionarse la información para optimizar la estrategia empresarial. Ahí van, con sus respectivas moralejas:

 

Un hombre se va a dar una ducha justo cuando su esposa está terminando de hacerlo. En ese momento llaman a la puerta. Después de algunos segundos de duda, ambos deciden que irá ella. Abre la puerta, envuelta en una toalla, y se encuentra al vecino con un fajo de billetes en la mano. Al verla en aquella situación, y antes de que ella pronuncie una palabra, le dice: «Te doy mil euros si dejas caer la toalla al suelo». Ella piensa unos segundos, valora que el marido no se va a enterar y que le vendría muy bien el dinero. Deja caer la toalla y, después de que el vecino se deleite contemplándola por unos segundos, toma los mil euros y cierra la puerta. Se envuelve de nuevo en la toalla, guarda el dinero y regresa al baño a secarse el pelo. El marido se interesa por quién había tocado el timbre. «El vecino de al lado», responde ella. Y enseguida él pregunta: «¿Te devolvió los mil euros que le presté ayer?»

Comparta, a la mayor brevedad, la información importante con las personas que deben estar informadas y evitará riesgos indeseables.

 


Un cura va conduciendo cuando ve una monja parada a un lado de la carretera, esperando el autobús. El cura se detiene y se ofrece a llevarla. La monja acepta encantada. Al sentarse, el hábito se abre un poco y deja ver una hermosa pierna. El cura lo advierte y no puede resistir la tentación de tocarla. La monja, al sentir el contacto, mira al cura y le dice: «Padre, recuerde el salmo 129». El buen hombre retira de inmediato la mano y pide disculpas, pero sus ojos no pueden dejar de mirar la pierna. Poco después, su mano salta de la palanca de cambio al muslo de la monja. «Padre, recuerde el salmo 129», reitera ella. El cura, avergonzado, retira la mano y trata de disculparse: «La carne es débil, hermana». El cura deja a la monja en su destino y continúa su viaje. Cuando llega a casa, corre a ver qué dice el precepto a que la religiosa hacía referencia: «Salmo 129: Sigue adelante e inténtalo. Alcanzarás la gloria».

Si no está convenientemente informado, corre el riesgo de desaprovechar grandes oportunidades.

 

 

Un reo, condenado a cadena perpetua por múltiples crímenes, se fuga de la prisión después de más de veinte años sin ver la calle. Al huir irrumpe en una casa donde duerme una joven pareja. El asesino ata al hombre en una silla y a la mujer en la cama. A continuación acerca su rostro al cuello de la mujer y sale de la habitación. Arrastrando la silla, el hombre se acerca desesperadamente a su mujer y le dice: «Amor mío, este hombre no ha visto una mujer en años. He visto cómo besaba tu cuello y, aprovechando que ha salido, quiero pedirte que cooperes con él y hagas todo lo que te pida. Si quiere tener sexo contigo no lo rechaces y finge que te gusta. No lo hagas enojar. ¡Nuestras vidas dependen de ello! Sé fuerte, mi vida; te amo». La mujer le responde a su marido. «Amor mío: me enorgullece que, en momentos así, pienses en nosotros. Efectivamente, ese hombre no ha visto en muchos años una mujer, pero no besaba mi cuello. Estaba diciéndome al oído que tú le gustas y quería saber si guardábamos la vaselina en el lavabo. ¡Sé fuerte, mi vida; yo también te amo!».
En momentos puntuales, la información debe fluir con rapidez.

 

 

Un muchacho entra en una farmacia y dice al farmacéutico: «Buenos días, necesitaría un preservativo, pues mi novia me ha invitado a cenar esta noche en su casa y está deseando que le haga un favorcito, ya me entiende». El boticario le despacha el preservativo y cuando el joven va a salir, vuelve sobre sus pasos y dice: «Será mejor que me dé usted otro preservativo porque la hermana de mi novia, que es un bombón, me hace unos cruces de piernas que le veo hasta las entrañas, y como voy a ir a cenar a su casa…». Paga el segundo preservativo, piensa un momento y decide: «Déme uno más, porque la madre de mi chica, que está de muerte la señora, cuando no está mi novia delante, me lanza unas miradas insinuando que le meta mano y, nunca se sabe, como voy a ir a cenar a su casa esta noche…». Llega la hora de la cena y el muchacho tiene a un lado a su novia, al otro a la hermana y enfrente la madre de ambas. En ese momento aparece el padre de su chica, y se sienta junto a su esposa. El muchacho baja la cabeza y empieza a rezar: «Señor, te damos gracias por los alimentos…». El resto de comensales guardan silencio, respetuosos. Pasa un minuto, pasan diez, y el chico continúa rezando. La novia mira a su familia y decide intervenir: «No sabía que fueras tan religioso». A lo que el muchacho responde: ¡Ni yo que tu padre fuese farmacéutico!

No comparta información relevante con cualquiera.

 

Espero que hayan gustado. Por estas fechas apetece intercalar lecturas cortas, sencillas pero curiosas. Voy a recomendar un libro que estoy leyendo ahora y que incluye historias peculiares: Relatos de lo inesperado, de Roald Dahl. El título lo dice todo, ¿verdad? Otra interesante opción podría ser Mis juegos, paradojas y acertijos favoritos, de un tal… ¿Cómo se llamaba? Osuna, creo que era.

Pasen un feliz verano. 

Para entender la crisis

20.06.2013 16:58

¿Por qué este país está como está? La respuesta fácil, la que nos viene a la mente a todos, puede ser correcta pero superficial. Seguramente existirán muchas causas. Conociéndolas todas, quizá se pueda algún día reconducir la situación. He diseñado este pequeño test con la esperanza de que sirva de granito de arena en la búsqueda de los profundos misterios que rodean la ruina de nuestra querida España.

 

TEST PARA ENTENDER LA CRISIS

Son solo diez preguntas. Conteste Sí o No.

 

PREGUNTA Nº 1: ¿Dejó de declarar a Hacienda rendimientos que sabe debería haberlos declarado? Se incluyen premios o ingresos por trabajo negro.

PREGUNTA Nº 2: ¿Se ha quedado con algún objeto que haya encontrado sin haberse molestado en devolverlo?

PREGUNTA Nº 3: ¿Ha falseado datos a alguna compañía aseguradora para sacar beneficio de algún siniestro real o fingido?

PREGUNTA Nº 4: ¿Ha simulado o exagerado alguna enfermedad para que su médico le diera la baja?

PREGUNTA Nº 5: ¿Ha llegado a quedarse un cambio equivocado?

PREGUNTA Nº 6: ¿Ha utilizado el tiempo de trabajo o elementos de su empresa, de quien le paga o de terceros (ordenadores, teléfonos, vehículos, dinero…) sin consentimiento y en beneficio propio?

PREGUNTA Nº 7: ¿Ha aceptado trabajos o servicios de personas en situación ilegal o de intrusismo para ahorrarse dinero, a sabiendas de que no declararían los ingresos? Como ejemplo, las típicas facturas sin IVA.

PREGUNTA Nº 8: ¿Ha comprado objetos a bajo precio, asumiendo que muy probablemente serían robados?

PREGUNTA Nº 9: ¿Descarga sin permiso contenidos con derecho de autor, como libros, música o películas?

PREGUNTA Nº 10: ¿Ha sustraído objetos a terceros para resarcir daños propios?

 

Resultado

Compruebe su grupo, de acuerdo con el nº de respuestas afirmativas:

 

0: Una cosa tenemos clara: usted no es español.

1 -3: Normal. No pasa nada por escaquearse un rato en el trabajo, por bajarse una peli para verla tranquilo en casa, que el cine cuesta un huevo, o por quedarse una cadenita de oro que encontró en el supermercado, vete tú a saber de quién sería. Además, para que se la quede la cajera…

4-5: Los primeros chorizos son los empresarios. Que den ellos ejemplo. Te exprimen y pagan una miseria. No es de extrañar que la gente simule bajas. ¿Cuántas horas extras no pagan? ¿Y los disgustos? ¡Venga ya! Pues si determinada mercancía no se va a echar en falta… a la buchaca, en compensación. Ni que los trabajadores tuviesen la culpa de todo lo que sucede en este país..

6-7: A ver si ahora vamos a glorificar a las aseguradoras, a los bancos o a Hacienda. Como si no supiéramos que para coger dinero todos son los primeros, pero a la hora de pagar… Así que ningún cargo de conciencia por robar a un ladrón. Si vas de bueno por la vida, ofreciendo la mano a quien te encuentres, acaban tomando el pie, por no decir otra cosa. Gilipolleces las precisas, que de tontos está el mundo lleno.

8-9: No pierda más tiempo. Si no está afiliado a un partido político, hágalo e intente hacer carrera; su perfil es el adecuado.

10: Me alegra saber que grandes personalidades del mundo de la política y la economía de este país visitan mi blog.

 

Conclusión.

Yo también hice el test. Prefiero no publicar los resultados. Por suerte, usted tampoco tiene que hacerlo. Que cada cual saque sus propias conclusiones, pero es muy posible que tengamos lo que nos merecemos y que haya que buscar el germen de tanta corrupción y poca vergüenza en nosotros mismos. Quizá si todos fuéramos más honrados… Quién sabe, quizá.

La defensa

29.05.2013 18:25

¿Cuál es la mejor manera de afrontar un problema? Vaya pregunta. Pues dependerá fundamentalmente de la magnitud del problema. Esto es una obviedad, pero también una respuesta superficial, pues cada cual valora una situación y analiza las consecuencias desde su perspectiva. Una misma realidad puede significar un mundo para unos y una nimiedad para otros. Así pues, hay que encontrar otra respuesta. ¿Qué le parece esta: la mejor manera de afrontar un problema es aquella que conduce a su solución? Pues le parecerá una perogrullada. Y está en lo cierto, pero esto que aparenta ser simple, lleva implícito un detalle importantísimo: “que conduce a”. Traducido a la práctica, las cosas requieren tiempo. Muy a menudo esto se nos olvida, la contrariedad nos supera y arrojamos la toalla. Y ya nada vuelve a ser igual.

 

Hay quienes poseen una viveza extraordinaria y un espíritu de superación imperecedero. Apenas vacilan ante las adversidades, sacan pecho enseguida y plantan batalla. Pero todos no somos tan fuertes. Ni mantenemos el mismo ánimo.

 

Tengo un amigo que reprocha mi forma de jugar al ajedrez. Me dice que debería de atacar más, buscar la belleza, jugar con más alegría, asumir riegos, ser menos conservador. Yo le respondo que es una cuestión de estilos, que me siento más cómodo así y que cosecho buenos resultados. Gano muchas partidas maniobrando con calma, defendiendo posiciones delicadas, resistiendo y minando la paciencia del rival. ¿Y no te gustaría ganar las partidas por ataque, con combinaciones espectaculares?, me pregunta. Pues claro que me gustaría, pero no tengo capacidad de cálculo para eso. ¡Quién no preferiría resolver de manera eficaz y brillante! En el tablero y en la vida. Existen muchas analogías entre el ajedrez y la vida, pero la vida, desde luego, no es un juego. Cuando pierdes la partida, ya no es posible comenzar otra.

 

Mi amigo, que en ajedrez juega al ataque y nunca se preocupa de defender, en la vida es un gran defensor. Ha pasado por momentos muy duros, en la salud y en lo sentimental, pero ha sabido resistir. Hace unos años el mundo se hundía a sus pies y ahora contempla un horizonte cargado de ilusiones.

 

En ocasiones la adversidad nos azota con saña y como no podemos cambiar el sino sentimos deseos de abandonar, de inclinar nuestro rey y rendir. Omitimos que ciertas situaciones no se pueden revertir en un día y que para que algo suba, primero debe dejar de caer. Si no encontramos armas hay que defender. Defender es resistir, aceptar el tiempo como aliado, como el único clavo ardiendo, como la única vía para recobrar el equilibrio emocional. Aguantar. Resistir sin recibir jaque mate.

 

A veces, no hay más camino que la defensa. Esta entrada está dedicada a cuantos estén ahora luchando en una situación delicada. Por cuestiones laborales, por problemas de salud, porque la economía le esté estrangulando, porque en su hogar a diario se vive un drama, por mil y una razones que entristecen el alma.  

 

No te hundas. Defiende con todo lo que tengas. Defender es ganar tiempo. Un tiempo que te dará el aire que necesitas. No olvides que todo lo que no te mata te hace más fuerte. Aguanta como sea porque llegará tu oportunidad. Porque resistir no es asumir. Porque después de la tormenta llegará la calma. Y de nuevo vas a ser feliz.

 

 

 

Afines

02.05.2013 16:02

 

Anoche acabé de leer Los girasoles ciegos, único libro de Alberto Méndez. En cuatro conmovedores relatos, el autor desgrana con sutil maestría la atrocidad y el sinsentido de la guerra. Una obra magnífica que, a mi juicio, se habría aproximado a la perfección si hubiese combinado la perspectiva del horror desde ambos bandos, porque salvajes en la Guerra Civil Española, como en todas las guerras, fueron todos, vencidos y vencidos. Digo bien, como esboza el propio autor: vencidos y vencidos.

 

Tras el duelo, la rebeldía; tras el tiempo, la resignación. Pero el dolor, cuando es culpable la crueldad, deja siempre un poso de odio. Han pasado más de setenta años, pero así fueren quinientos, estamos condenados a vivir rodeados de energúmenos que en vez de limpiar enturbian, que no buscan más que la confrontación y que gozan manteniendo vivo el espíritu caduco de las dos Españas, de los dos bandos, del tú blanco y yo negro.

 

No pretendo alarmar ni ofrecer una imagen catastrofista, pero me fastidia comprobar cómo nos manipulan, cómo adoctrinan las mentes para que olvidemos la parte más triste de nuestra historia, cómo mutilan los genes de la sensibilidad hasta lograr que las nuevas generaciones nazcan y crezcan con la simiente de la inquina. Que si la izquierda, que si la derecha… ¿Qué cuentos son esos? ¿Acaso no se halla todo bien nacido en el mismo bando, el bando de la paz, del trabajo justo, de los derechos básicos, de la solidaridad, del progreso y del bienestar? ¿Cuándo nos daremos cuenta de que estos adoradores del sillón y la buena mesa en la verborrea escupen veneno y que la sociedad lo traga y lo incorpora a su arsenal de recursos nocivos de libre disposición?

 

No aprendemos. A ellos no les interesa y nosotros no nos molestamos. Y mientras tanto, con la toxina latente en cada rincón, nos encontramos un ayuntamiento “socialista” donde una parte se niega a reprobar, porque son afines, la gestión del equipo de gobierno aunque deba once nóminas. O una nación “popular” donde otra parte es incapaz de censurar, porque son afines, los bárbaros recortes que sufre el proletariado para parchear los excesos y la corruptela de los más pudientes. Y así somos, sálvese quien pueda, afines. Afines a que nos jodan.

 

 

Novedades

01.04.2013 22:05

Mi querido amigo J.J. me sugiere escribir más en el blog y en las redes sociales. Reconozco que no le falta razón, que tengo un tanto desatendido a mis seguidores. Pero cada uno es como es y yo siempre fui parco en las comunicaciones telemáticas. Ni el teléfono, ni los chats, ni los WhatsApp… No me gusta prolongar conversaciones por estos medios, mucho menos hacerlas constantes. Con nadie. Esta particularidad no se extrapola al cara a cara pues, aunque suelo guardar distancias con desconocidos, cuando se instala cierta confianza charlo hasta por los codos. No sé a qué se debe este contraste en mi actitud. Puede que se sustente en la necesidad de mirar a los ojos, de sentir la presencia. Eso explicaría mi rechazo a jugar al ajedrez por Internet pero, sinceramente, creo que mis gustos no variarían si me valiera de una webcam. Profundizando en el asunto, he llegado a la conclusión de que el abuso en las mencionadas comunicaciones trastoca el curso natural de los acontecimientos. Como si se forzaran los encuentros. Y yo creo que los amigos se ven cuando se tienen que ver y hablan cuando tienen que hablar, sean minutos u horas. Y la verdad, no me imagino colgando un tuit que diga que me voy a acostar porque tengo sueño, o llamando a mi amigo para decirle que esta tarde estuve en el supermercado. Todo lo cual no conlleva juzgar esta práctica como desacertada. Se trata solo de una cuestión de preferencias. Es más, conociendo cómo es de variable la condición humana, ¿quién no asegura que mañana ande yo enganchado a los WhatsApp? Torres más grandes han caído. Al final, quien más quien menos acaba bebiendo de las aguas que prometió nunca probar.

    ¿Y a cuento de qué viene esta perorata? Ni idea, porque yo pensaba hablar de otra cosa, como indica el título de esta entrada. Pero, para lo poco que escribo, no lo vamos a borrar. Vayamos, pues, con esas novedades.

 

 

    Tres asuntos acaparan mis quehaceres literarios. En primer lugar, El eterno olvido. Aunque en los tiempos actuales no se puede hablar de último recorrido, pues la novela siempre estará visible y disponible en Internet, sí que podemos suponer que ya pasó su apogeo. He tomado la determinación de cambiar la portada. Hasta la fecha, había alternado las distintas propuestas que en su día preparó Paco Galeote. Todas espléndidas, pero alusivas al punto de suspense. He querido rescatar, para esta última etapa, una idea que desde el principio rondaba mi cabeza, y que se inspiraba en la soledad y el recuerdo. Por no quedarme con las ganas. He aquí el resultado:

 

                                         

 

 

    Por otro lado, mi segunda novela continúa su lento peregrinaje. Hace dos años que la inicié y, aunque muy avanzada, será preciso esperar unos meses para alcanzar su término. Después de diez semanas aparcada, la he vuelto a retomar. No debe de faltar mucho para ese punto y final. Claro que eso mismo dije hace algún tiempo. 

 

    Por último, anunciaros que lo que sí he acabado es otro trabajo. Ya puedo adelantar el título: Mis juegos, paradojas y acertijos favoritos. Escrito en clave de humor, recoge una treintena de problemas y juegos sorprendentes, que me cautivaron desde que los conocí. La obra incluye La verdadera historia de Kamduki: un repaso a las pruebas que aparecen en El eterno olvido, cómo se crearon y en qué están inspiradas. Un libro de entretenimiento que estoy seguro gustará a quienes disfrutan con los juegos de ingenio y las historias sorprendentes y misteriosas. Saldrá publicado en Amazon muy en breve, el tiempo que tarde en maquetar y preparar la obra en formato mobi. Me costará un poco porque incluye algunas ilustraciones y no soy muy ducho en el tema, más bien al contrario, pero, si no me distraigo en otros asuntos, espero que esté disponible en una o dos semanas, a lo sumo.

 

    No dejen de visitarme una vez al mes. Aunque con poca frecuencia, seguiré regando este blog con palabras, para que al menos se mantenga vivo. El día que se muera serán los primeros en saberlo. Ahora a esperar a que llegue la dichosa primavera, que ya se está retrasando más de la cuenta. Sean muy felices.

 

Perder amor

15.03.2013 17:50

 

Después de un tiempo mustio de ideas, cuando al fin surge un tema que me atrae y encuentro la ocasión para confesarle al blog mis sentimientos, movido quizá más por la necesidad de romper el desasosiego de la inactividad que por el propio deseo, justo cuando me siento a escribir cambio de parecer y me decido a hablar de algo por completo distinto, antagónico.

 

Ocurrió esta mañana. Departía en el trabajo sobre trivialidades cuando, sin saber muy bien cómo, la conversación derivó a temas más serios. La amistad es un término que admite pocas chanzas. Una compañera sostenía −no sin razón− que amigos de verdad se cuentan con los dedos de la mano. Me preguntó si yo tenía amigos. Le respondí que sí. ¿De los auténticos, en los que puedas confiar ciegamente?, insistió. Asentí de nuevo, pero en esta ocasión no pude disimular cierto titubeo en mis palabras. Comenzó a hablar de su actual pareja como el mejor amigo y entonces yo pasé a alternar mi atención: mientras la oía me preguntaba si el mejor de los amigos no puede también equivocarse. ¿Acaso a veces no nos traicionamos nosotros mismos y nos hacemos daño como si no nos quisiéramos? !Cuando acabó las alabanzas dijo que seguía queriendo a su marido y que aún soñaba con él muchas noches.

 

Mi compañera se quedó viuda hace dieciséis años. Fue algo repentino, de la noche a la mañana. Siguió un período de seis años de tratamiento psicológico, de interminables noches imposibles de describir incluso para quien las padece. ¿Cuántos casos similares conoces? Demasiados, ¿verdad?

 

A mí estas historias me conmueven porque perder amor −y es obvio que no me refiero solo al de la pareja− es la peor de las desgracias. Admiro la capacidad de las personas para sobreponerse a golpes tan duros. Admiro aun más a los que sufren a diario y jamás se reponen, a quienes pasan el resto de sus días aguardando a que el tiempo sedimente la amargura.

 

Es muy difícil vivir. Es insufrible hacerlo sin las personas que amas. Sé por qué dudé cuando mi compañera habló de confianza. Porque somos humanos y, por tanto, débiles, inseguros y falibles. Pero el amor no se equivoca. Por eso, yo estoy orgulloso de contar con amigos, pareja y familia en los que puedo confiar plenamente, aunque un día me fallen. Sé que me aman y que nunca me harán daño de manera consciente. Coincidirás conmigo, querido lector, en que no hay nada más importante que el amor de esos seres. Ellos marcan el verdadero sentido de nuestra vida.

 

Por eso siento tanta rabia y me da tanta pena de quienes sufren el trance de perderlos. Para ellos el más fuerte de los abrazos.

 

Esos momentos mágicos

08.02.2013 17:07

 

Si están ahí, ¿por qué nos cuesta tanto encontrarlos? ¿Será que no los buscamos con el corazón? Pero aparecen; todos los hemos sentido. Efímeros aunque inconfundibles. Nos proporcionan tanto bienestar, tanta paz… Una alegría interior única, sublime. ¿Por qué demonios, entonces, los dejamos escapar?

 

Nos poseen durante un corto espacio de tiempo. Pero ese instante, ese momento, logra henchir de optimismo nuestros decaídos ánimos.

 

Cuando despides para siempre al amigo y te preguntas por el sentido de tu vida, por cómo gestionas el valiosísimo y escaso tiempo. Cuando descubres que una mirada vale más que mil besos, un abrazo más que todas las caricias. Cuando contemplas con admiración a una chica que cruza la calle blandiendo el bastón, deteniéndose a cada obstáculo, sin mudar la sonrisa del semblante. Cuando entiendes que no es justo confinar las lágrimas dichosas y conceder la libertad solo a las amargas. Cuando prescindes de unos míseros céntimos para corresponder la dulzura de los buenos días que a diario te brinda esa señora de chándal y zapatillas que soporta encogida el frío junto al supermercado. La satisfacción por haber sabido frenar la palabra antes de que hiera, controlar el halago antes de que confunda. El descanso por haber tenido la gallardía, por fin, de pedir disculpas… ¿Será que esos instantes se nos figuran maravillosos porque hacen sentirnos más humanos?

 

Hay un momento mágico que me visita todas las navidades. A veces se hace el remolón y tengo que hacer por encontrarlo. Lo busco en casa, por las calles, en una conversación, en un paseo… y cuando menos lo espero ¡zas! Noto esa sensación tan familiar como inefable. Debe de ser eso que llaman el espíritu navideño. ¡Qué cosa tan extraña! Me regala paz, solidaridad, amor, comprensión…

 

Parece magia. ¡Yo quiero creer en la magia! Quiero pensar que todos los días ocultan ese segundo fabuloso, mágico, capaz de reconfortar el alma, de alegrarnos la vida. Quiero buscarlo a diario, que nunca se me olvide. Y quiero que tú me acompañes, que te animes también a buscarlo. Ojalá esta humilde entrada ayude a que encuentres uno.

 

 

El ajedrez en la literatura

01.02.2013 20:23

Recientemente vimos cómo don Miguel de Cervantes, considerado como el más grande escritor español de todos los tiempos, se acordaba del ajedrez mientras nos narraba las andanzas de don Quijote. Continuando en el Siglo de Oro, comprobamos cómo don Félix Lope de Vega, uno de los más prolíficos autores de todos los tiempos, ahondaba también en las interpretaciones alegóricas de nuestro noble juego.

Si existe unanimidad al considerar a Cervantes como el más importante escritor español, no resulta sencillo determinar quién sería el siguiente de la lista. Sin embargo, por la extensión y la importancia de su obra, es más que probable que este honor recaiga sobre don Benito Pérez Galdós. ¿Y se acuerda este genial novelista de nuestra pasión? Cómo no: veamos qué podemos encontrar en su obra cumbre, los Episodios Nacionales. Como sabemos, esta magna obra dedica un gran número de páginas a la Guerra de la Independencia, y el Episodio número 5 se titula precisamente Napoleón en Chamartín, una buena oportunidad para tocar el ajedrez; sin embargo, nos quedamos con las ganas, pues la primera referencia no aparece hasta el Episodio número 35, dedicado a don Leopoldo O´Donell, famoso político y militar español. En esa novela nos encontramos el siguiente texto: “El juego favorito de O'Donnell era el ajedrez; pero no quería jugarlo sino cuando la ocasión le deparaba un adversario digno de su maestría”. (O´Donnell, S.A. de Promoción y Ediciones, pag.4630)  O sea, nada de partidas de café para echar un rato con los amigos que se dejen las piezas... Sólo un Episodio después se vuelve a acordar de nosotros. En esta ocasión, la cita es mucho más jugosa. En el Episodio número 36 podemos leer lo siguiente: “Odio la guerra, y admiro a los que sin esperar ningún beneficio de ella, inocentes piezas del ajedrez militar y político, se lanzan a empeños heroicos por un fin que sólo a los jugadores interesa” (Aita Tettauen , S.A. de Promoción y Ediciones pag. 4749).  Esto refleja claramente el sentimiento del autor, que comienza su obra con la exaltación de los valores patrióticos, la heroicidad, la valentía, el espíritu de lucha y la fe ciega en la libertad, acabando la misma sumido en la miseria que deja los regueros de sangre de las guerras.

Demos ahora un salto en el tiempo y situémonos en la actualidad. Aquí ya no me atrevo a nombrar al escritor más famoso, mucho menos al mejor. Cada cual tendrá su opinión, pero lo cierto es que en las listas de ventas, La sombra del viento aparece con la impresionante cantidad de quince millones de ejemplares vendidos, récord absoluto en la literatura española. Así pues, permítanme que me quede en este artículo con su autor, Carlos Ruiz Zafón. En su segunda novela, titulada El palacio de la medianoche, aparte de otras interesantes referencias, encontramos una analogía entre el ajedrez y la vida realmente sublime:   “La vida, hijo mío, es como la primera partida de ajedrez. Cuando empiezas a entender cómo se mueven las piezas, ya has perdido”  (El palacio de la medianoche, Editorial Planeta, 2006, pag. 303).

Ahora bien, cuando utilizamos la expresión “el más...” debemos ser cautos, porque en Occidente nos solemos olvidar de que una de cada cinco personas en el mundo es china. Por tanto, quiero incluir en este artículo una curiosa aportación del escritor chino Xingjiang Gao, Premio Nobel de Literatura en el año 2.000, (atribuida erróneamente en muchas webs de citas de Internet a otro escritor chino, Xun Lu). En su obra Una parada de autobús (1.983), una serie de personajes esperan indefinidamente la llegada de algún autobús que los acerque a la ciudad. Pasan y pasan, pero ninguno se detiene. Desesperados, deciden caminar pero no logran alcanzar su objetivo. Uno de los personajes muestra sus deseos. “Todo lo que quiero es que me caven un hoyo y que mi tumba diga: Aquí cayó un loco del ajedrez. No jugaba bien, pero le gustaba jugar. Nunca pudo enfrentarse a un campeón … Murió como vivió: esperando”. Una alusión a la resignación que, como el resto de la obra de Gao, parece no gustar a las autoridades chinas.

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