El regreso

01.08.2011 00:00

- Enseguida vuelvo.

- ¿Dónde vas, papá?

- A tirar la basura, preciosa.

El rutinario encuentro nocturno con los contenedores. Un paseo fugaz de apenas cincuenta metros. Una vez más salí exclusivamente con lo puesto: chanclas, camiseta y pantalón corto. Para qué molestarme en tomar dinero, el móvil o la documentación si solo es un momento, siempre es un momento. La noche estrellada, espléndida, sin rastro al fin del molesto viento de poniente que desde finales de julio se había apoderado de la bahía con la determinación de no abandonarla. No recuerdo que pasara nada fuera de lo normal, salvo aquel pequeño traspié, en apariencia intrascendente. Puede que fuera consecuencia de una mala postura, pero experimenté una extraña sensación, como si mi cuerpo se hubiese visto atravesado por una onda de vibraciones. Algo tan efímero como inusitado, para lo que no encuentro parangón en los fenómenos físicos que acompañan nuestra vida. Lo único que se me ocurre de cierta semejanza es la sacudida que alguna vez hemos sufrido al zambullirnos con imprudencia en una ola justo cuando se dispone a romper. Luego me incorporé como si nada, sin el más mínimo daño físico. No había caminado dos pasos cuando me sobrevino un intenso frío. Por instinto miré al cielo y entonces descubrí unos destellos luminosos que escapaban por la ventana de uno de los pisos contiguos a los míos. Una sonrisa afloró a mi rostro: eran las luces de un árbol de Navidad.

 

Aún estaba haciendo conjeturas cuando abrí la puerta de mi casa: ¿serían tan vagos como para no molestarse en quitar los adornos navideños o habitaría la vivienda practicantes de alguna peculiar religión que celebrara la Navidad en verano? Parece estar demostrado que la fecha real del nacimiento de Cristo no es la que se cree... Llamé a mi mujer para referirle la experiencia, a ver qué opinaba y entonces la oí gritar como nunca antes. Corrí a su encuentro. La visión de su imagen paralizó mi cuerpo. Estaba de pie en medio del salón. Inmóvil, los ojos parecían querer escapar de sus órbitas. Había estallado en un llanto desgarrador. Sus manos temblorosas se afanaban por llegar hasta mí. La niña se hallaba sentada en el mismo lugar donde la había dejado, pero su semblante había mutado. Pálida. Como si hubiese visto un fantasma. Algo grave había sucedido. Enseguida pensé en mi hijo. Mi serenidad se desplomó en un segundo.

- ¡El niño! ¿Qué le ha pasado al niño? -grité en un arrebato de histeria.

En ese preciso instante se abrió la puerta a mis espaldas. Para mi sorpresa, era mi hijo. Se había marchado de acampada y no lo esperaba hasta el día siguiente. ¿Qué le había hecho regresar precipitadamente? Sea como fuere, sentí un enorme alivio al descubrir que no era el protagonista pasivo del drama que se vivía en mi casa. “¡Papá!”, balbuceó nada más verme. En sus ojos convulsos se adivinaba una inminente explosión de lágrimas. Raudo como el rayo desvié la atención hacia mi mujer, suplicando una inmediata explicación. El desconcierto reinaba en su rostro. Tartamudeando, trataba en vano entre hipidos de articular palabra. Miré a la pequeña. Lloraba. Todos lloraban cuando me abrazaron. Estuve a punto de explotar y exigir que me dijeran de una vez por todas qué desgracia había acontecido. Pero el calor de mi familia me contuvo. El abrazo, la más maravillosa manifestación de amor, me reveló la sobrecogedora realidad. La sangre se me heló al instante. No me es posible explicar cómo, pero sentí que mi cuerpo limpiaba los suyos de dolor, absorbiendo una ingente cantidad de ansiedad y tensión. Mi familia lloraba de alegría, de alegría por verme.

 

Nadie, absolutamente nadie me cree cuando sostengo que solo estuve ausente un par de minutos. Hasta yo mismo dudo de mi versión de los hechos, ante la evidencia más que probada de que salí de casa un diecisiete de agosto y regresé el veintidós de diciembre. Por disparatado que pueda parecer, sufrí un extraordinario salto a través del tiempo. A esa idea me aferro y me da igual lo que puedan pensar los demás: si abandoné a los míos por otra mujer, si sufrí un repentino ataque de amnesia, si me largué para romper con todo, si me secuestraron, si intentaron matarme o si... fui abducido. Qué más da lo que pasó; lo realmente importante es que regresé y puse fin a la desesperación que consumió a mi familia durante cinco interminables meses.

 

Se estima que solo en España hay más de quince mil personas desaparecidas. Y nadie es capaz de aclarar por qué maldita razón no regresan a sus hogares. Ojalá un día aparezcan, aun ofreciendo una explicación tan inverosímil como la mía. Este relato está dedicado a todas aquellas personas que pasan el resto de sus días esperando.